
La noche avanza y las casas de los barrios y colonias de Honduras caen en un apagón voluntario, no por falta de fe, sino por el miedo a ese verdugo de cristal que marca furioso los números en la pared exterior de la casa, devorando el pan de la mañana siguiente con cada destello luminoso de color rojo que indica alerta.
Don Nectaly observa de reojo el contador, calculando el tiempo como si fuera un reloj de arena. Ni siquiera necesita acercarse a él para saber que sigue avanzando, con cada vuelta o cada número que se aumenta en la pantalla, que poco a poco le quita su tranquilidad, viviendo en un constante temor de no poder tener suficiente dinero para pagar.
Y en un país de clima tropical, el calor obliga a mantener el ventilador prácticamente encendido todo el día. Entonces, ese pequeño aparato es uno de los recordatorios constantes de la deuda que está creciendo, cuando él solo quiere ahorrarse unos cuantos centavos.
Esta es una de tantas preocupaciones que vive cada familia hondureña de escasos recursos, debido a los bajos salarios y, en casos extremos, el desempleo. La situación se pone más complicada estos días, cuando la Comisión Reguladora de Energía Eléctrica (CREE) aprobó un incremento de 12.48% en la tarifa promedio de la energía para el tercer trimestre de este año 2026, elevando de L. 5.3187 a L. 5.9825 el kWH (kilovatio hora).
Sin embargo, detrás de ese porcentaje hay historias que no se pueden describir ni contar en un informe estadístico.
A sus 70 años, Doña María aprendió a vivir con una disciplina que no le podía permitir equivocarse, porque le costaría caro. Durante años aprendió a administrar bien cada foco de su humilde vivienda; incluso raciona el uso de los pocos electrodomésticos que tiene, con la esperanza de poder mantenerse por debajo de los 150 kilovatios hora mensuales que le permitían mantener aquel recibo en cero.

Ella aún conserva un recibo que registra un consumo de 112 kilovatios y en el que se puede observar un monto de L. 589.53. Pero al final de esa pequeña hoja había algo que hacía feliz a la señora María, era ese total a pagar en cero.
Pero meses más tarde, eso cambió por completo. El consumo del siguiente recibo subió de manera repentina a 167 kilovatios. Significaba una sola cosa, que aquel subsidio de energía gratis se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos, y el monto final ya no era cero; era un enorme total a pagar de L. 926.51.
«Yo siempre cuidaba la luz, vivía pendiente de no pasarme, porque sabía que podía perder el bono. Ahora ya no sé qué hacer. No tengo ingresos; hay noches que no puedo dormir pensando en cómo voy a pagar este recibo», relata María, mientras lo sostiene con sus manos temblorosas, llenas de angustia.
Esta historia no es la única. La señora Alejandra tampoco logra entender esas grandes cifras que llegan cada mes. En su vivienda únicamente funcionan dos ventiladores pequeños, un refrigerador viejo, un televisor y tres focos que muy poco se encienden, por el temor de que se duplique el siguiente recibo del mes.
Aun así, asegura que hoy paga alrededor de 1,300 lempiras mensuales, o a veces hasta un poco más. Ahora, cada fin de mes ya no se pregunta cuánto pagará, sino qué dejará de pagar.
«Hay meses que tengo que escoger entre la renta, la comida, el colegio de mis hijas o la luz. Nunca pensé que un recibo iba a obligarme a decidir entre mis necesidades básicas», relató.
En la reciente administración de Nasry Asfura, mediante el Decreto Ejecutivo PCM-020-2026, se estableció que el subsidio para usuarios residenciales con un consumo de 150 kilovatios hora pasaría de ser general a ser uno enfocado, dirigido solo a los hogares con los recursos más bajos. Este mismo decreto decía que el modelo procuraría evitar afectaciones elevadas en la facturación del consumidor y consumidora.
Pero la política pública se entiende de una forma en los decretos y de otra forma muy diferente cuando llega el recibo cada fin de mes.
Para Doña María, la diferencia no comenzó cuando escuchó las noticias o con la publicación oficial de que el subsidio ya no estaría de forma uniforme para todos. Comenzó el día que recibió el primer temido recibo que con solo ver aquellos pequeños números al final de la hoja, es ver cómo se va una parte de su sustento diario.

Con esta medida, se estima que unos 600,000 hogares quedaron fuera de este beneficio. Todas esas familias hacen esfuerzos diarios para poder reducir su consumo, aunque la explicación técnica detrás de cada recibo sigue siendo desconocida para muchos usuarios hondureños.
La CREE establece que la tarifa eléctrica se calcula en base a diversos componentes, entre ellos los costos de transmisión, distribución y comercialización de energía, además de otros cargos autorizados.
La incertidumbre de Doña María, de Alejandra y de Don Nectaly es mirar cada mañana ese bendito contador, incluso antes de tomar su tacita de café, y no saber si puede disfrutarla escuchando la radio como solían hacerlo antes, porque ahora ese parece ser un lujo que no pueden permitirse.
La Comisión Reguladora de Energía mantiene un procedimiento para que las personas puedan hacer sus reclamos relacionados con la facturación de su recibo. Primero deben llamar al 118 o abocarse a las oficinas de la ENEE y hacerles saber sus inquietudes ante la empresa. Si no reciben una respuesta positiva en un plazo determinado, pueden llenar una solicitud de reclamo en un portal en línea: https://www.cree.gob.hn/denuncias-y-reclamos/
Aunque la realidad cotidiana seguirá siendo la misma, porque los contadores seguirán marcando números y números, el pilar de las familias tendrá que decidir si dormir con un ventilador encendido, si reduce la posibilidad de las tres comidas del día, o si paga un mes más de techo para sus cabezas.
Porque ningún documento o contador puede medir, ni reflejar el costo emocional y mental de vivir con el miedo y la incertidumbre de no saber si el próximo mes la luz seguirá iluminando el hogar.
Reportaje: Naila Lagos. Digital II -UNAH-Cortés
Video: Lourdes María Paz. Digital II -UNAH-Cortés