
En la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), Campus Cortés, Sofía Moya, estudiante de Pedagogía, hace fila frente a la cafetería de su preferencia la «Jireh». Ella observa el menú pegado a la pared y suspira. De su cartera saca billetes arrugados que sigue contando. Al final, cuando llega el turno de pedir, le dice a una de sus amigas que compren entre ambas un pollo con tajadas de 115 lempiras, ya que sola no podría comprárselo.
En esta universidad pública, miles de jóvenes cargan sus mochilas llenas de sueños, pero también llevan una preocupación silenciosa que ningún libro de texto enseña a superar: conseguir un desayuno, almuerzo o cena que esté dentro de su limitado presupuesto.
Mientras Sofía cuenta cuánto dinero le queda para el transporte de regreso a casa queda claro que este no es un caso aislado. En el más reciente análisis sobre el contexto económico, social y electoral de Honduras, realizado por el Foro Social de la Deuda Externa y Desarrollo de Honduras (FOSDEH), se destaca que la economía hondureña, aunque mantiene un ritmo positivo de crecimiento, tiene como gran enigma si este avance realmente se traduce en mejores oportunidades, ingresos y bienestar para la población hondureña.
Saúl Bautista, catedrático de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNAH, explica que el problema va más allá de los precios de las cafeterías de la universidad. «Honduras tiene una inflación de carácter estructural… somos un país altamente importador», dice. La frase se siente como un golpe directo Honduras dejó de producir lo que comía. Somos un país con una economía primaria, pero que con el tiempo ha dejado de producir los granos básicos, lo que nos lleva a depender de las importaciones.
Mientras el salario mínimo se estanca en 13,985.16 lempiras, las tasas inflacionarias van en aumento. Organizaciones sindicales estiman que la canasta básica supera los 12,000 lempiras mensuales para una familia de cuatro integrantes.
El economista lo resume de la siguiente manera, «la inflación es un impuesto social. Nadie se salva, pero de alguna manera golpea con mayor fuerza a la comunidad universitaria, que debe elegir entre pagar el transporte, el material didáctico o comprar una comida completa».
Sería fácil culpar a los administradores de cafeterías dentro de la universidad por los altos costos de la alimentación; no obstante, lo que se vive dentro de esos locales es la situación que viven todos los hogares hondureños.
En tanto, algunos estudiantes hacen fila, otros ven el menú, otros se cuestionan en qué cafetería comprar y qué comprar. Don Hernán López los observa detrás del mostrador. Él es el administrador de la cafetería «Donde Shely» y revela el precio que pagan por el alquiler y los servicios básicos del local. «No es barato, nada barato; es un promedio de 20,000 lempiras al mes».
Con este tipo de pagos, mantener los precios de los alimentos es una cuerda floja. Sin embargo, don Hernán trata de no cambiar los costos. «Yo no he vuelto a cambiar los precios después de la pandemia», afirma. Él es de los administradores que más opciones económicas maneja en su cafetería. Para Don Hernán, la clave es la cantidad de ventas realizadas y, con ello, poder mantener a flote su negocio.
En otro punto de la universidad, en la cafetería «Shalom», el esposo de Marlene Escalante coincide en que los factores determinantes en los precios de los alimentos dentro de la universidad son los costos de las carnes, verduras, el personal, el alquiler de la cafetería, la energía y todos los demás gastos.
La perspectiva del alumnado es diversa, para algunos, los precios son accesibles; para los más pobres, impagables. Al final, el alza de los alimentos en el país termina afectando a toda la población estudiantil, pero cada uno desarrolla sus propias estrategias para ahorrar, aunque eso no siempre significa comer mejor.

Para Alexandra Flores, estudiante de la carrera de Periodismo, la estrategia es la resistencia. Ella destina unos 200 lempiras para alimentación, pero se ha adaptado a llegar a la universidad después de almorzar en casa. «Evito gastar dentro de la universidad porque hay cafeterías que cobran demasiado», confiesa.
Otros estudiantes optan por organizarse de otra manera y así evitar que la alimentación representa otro gasto. «La economía es la ciencia de la elección… el estudiante debe priorizar», comentó el catedrático Bautista. Y precisamente eso es lo que hace Ethel Martínez, estudiante de la carrera de Administración de Empresas, que prefiere ahorrar los 150 lempiras destinados para comida y, para lograrlo, lleva su comida preparada desde casa.
«Si una persona no come… tiende a estar recaída, o no prestar atención en clases, o está pensando en ‘quiero llegar a mi casa para ir a comer'», relata Alexandra, poniendo voz a una realidad que viven miles de estudiantes de la UNAH a diario.
La nutricionista Geovanna Chirinos explica que una alimentación balanceada proporciona el combustible que el cerebro necesita para las funciones esenciales. Según la doctora, tener una dieta bien estructurada, en la que se incluyan nutrientes esenciales como omega 3, carbohidratos de absorción lenta, vitaminas del complejo B y proteínas, favorece la concentración y la agilidad mental. En cambio, los alimentos ultraprocesados y el exceso de azúcar provocan fatiga y dificultan el rendimiento académico.
La licenciada también recomienda a los estudiantes planificar sus alimentos desde casa y optar por elecciones económicas como arroz, avena, sardinas, vegetales de temporada o frutas enteras, y así evitar gastos innecesarios. La experta advierte que saltarse las comidas puede traer consecuencias que pueden afectar la salud física y cognitiva.
El sociólogo Nelson Lagos considera que algunas cafeterías se ven obligadas a decidir entre bajar la calidad, la cantidad o aumentar el precio de los alimentos, situación para la que no todos los estudiantes están preparados.
Don Hernán lo tiene claro. «Aquí son estudiantes, no puedo estar cambiando los precios cada semana», afirma el administrador de cafetería. Los universitarios, al tener un ajustado presupuesto, no pueden hacerle frente al alza de los precios en las comidas, pero tampoco pueden dejar de comer. Al final, es una adaptación silenciosa que termina cambiando el sabor, la cantidad e incluso la dignidad de comer diario. Lo que antes era un plato que te saciaba, hoy tiene menos tajadas, menos frijoles en las baleadas y menos carne en los churros preparados.
La falta de dinero no es el único factor que afecta a los estudiantes. El sociólogo Lagos advierte que esto podría agravarse al final del año, y es que, en sus palabras, «la inversión se ha desacelerado en Honduras… También hay una disminución de las remesas debido a la crisis migratoria que afecta a muchos inmigrantes. Estos componentes son silenciosos, pero golpean directamente a los hogares hondureños. Esto hace que haya menos empleo y menos remesas, lo que implica que quienes cursan sus estudios pierdan el apoyo económico que durante años ha sostenido su alimentación, su transporte y sus sueños de superación”.
Parece ser que no hay luz al final del túnel, pero la Universidad Nacional Autónoma de Honduras decidió realizar una encuesta institucional que fue aplicada en 2025. Los resultados revelaron que un porcentaje representativo de la comunidad estudiantil enfrenta condiciones difíciles en el ámbito socioeconómico, factores que afectan de manera directa la permanencia en la universidad.
A partir de estos resultados, la universidad puso en marcha el Programa Mi Bienestar, una iniciativa que reconoce que detrás de cada estudiante matriculado existen desafíos y necesidades que no se pueden seguir ignorando.
El Programa Mi Bienestar surge ante la necesidad de atender de manera integral las principales limitaciones de los estudiantes y comenzó con tres proyectos piloto: transporte, alimentación y material didáctico, tres pilares fundamentales que, para muchos, garantizan la diferencia entre continuar estudiando o abandonar la carrera.
El economista Bautista menciona que el transporte gratuito para el alumnado y la flexibilidad de las clases en línea han reducido los costos de movilidad, lo que es un respiro para los bolsillos de algunos hogares.

Estas becas son un salvavidas, pero también son el reconocimiento institucional de que un universitario sin medios para llegar a la UNAH Campus Cortés es un estudiante con altas probabilidades de deserción.
Según el reciente estudio sobre competitividad regional emitido por el Consejo Hondureño de la Empresa Privada (Cohep), Honduras es el cuarto país más pobre de Latinoamérica, casi el 62.9% de su población (un aproximado de 6.3 millones de personas) vive en extrema pobreza, consecuencia de factores económicos y sociales. La educación pública debe ser gratuita, pero no olvidemos que el costo de mantenerse en ella es el examen más difícil que los universitarios deben aprobar.
Detrás de cada profesional que un día sostendrá un título universitario también existen almuerzos compartidos, caminatas para ahorrar el pasaje, clases tomadas con hambre y sacrificios que nunca aparecerán en un historial académico. Para Sofía, y para miles de jóvenes hondureños, graduarse significa mucho más que aprobar exámenes, significa aprender a resistir cada día sin renunciar a sus sueños de convertirse en profesionales.
Texto: Cindy Santos, Digital II – UNAH-Cortés
Carrusel: Helen Caseres, Digital II – UNAH Cortés