Es exactamente así, como se pensó con lo que se pensó para quienes se pensó y con quienes se pensó. La temporada de expresión artística de Teatro La Fragua llegó a su fin, al menos por este año. Dejando, durante esos ocho fines de semana, la marca de la sonrisa en los rostros de quienes fuimos a cada una de las 16 funciones. Cada presentación en sí misma fue una “historia exactamente así” y, desde esa particularidad, una apuesta infranqueable para marcar la diferencia.

Teatro La Fragua volvió sobre sus tablas  y con el público para demostrar que se puede hacer cultura. Para enseñarnos que no hay fronteras cuando se habla con el  arte y que los talentos son para ponerlos al alcance de todos y todas y no de unos pocos. Para enseñarnos que vale la pena seguir soñando. Para devolvernos la fe en este país empequeñecido, empobrecido y mal informado pero que es capaz de parir gente noble y de corazón fraterno.

Fue una temporada de fusiones que se hicieron posibles en distintos aspectos de la temporada;  en la música, en las actuaciones, en los escenarios, entre actores y actrices con sus públicos, entre lo viejo y lo nuevo, en la danza y los malabares, entre personajes con títeres y marionetas; de fusión entre lo nacional con lo internacional, entre lo meramente mágico con la realidad, entre los que nos hicimos presentes a las tablas y los que las siguieron virtualmente. En fin fusiones.

Como se lee 37 aniversario en lengua teatrofraguariana

Teatro la Fragua se volvió, sin duda alguna,  un idioma universal y cumplir 37 años es su mejor prueba. Pero esa lectura solo es posible si pensamos en perseverancia, talento, creatividad, flexibilidad, compromiso y dignidad. Lejos están aquellos días, cuando en aquel carrito pick-cup, se movían por todo Honduras con una propuesta artística reinventando la vida cultural. Locos les decían, comunistas los acusaban, herejes los nombraron, pero la compañía teatral no se detuvo y siguió cantando, bailando actuando y, con todo eso, aportando a la transformación de la cultura hondureña.

Es un nuevo idioma en las dinámicas culturales nacionales e internacionales. Si quiere cantar, actuar, escribir, proyectar, publicitar y compartir un proyecto cultural debe venir, al menos una vez, a La Fragua por que nada se entiende ya sino es desde la tradición, el impacto, el carisma y las sinergias que generan esas tablas como puente entre el arte y el público. Tiene que leerse desde los guiones elegidos, las obras montadas, las generaciones de actores y actrices que han pasado o se mantienen. Desde la diversidad de manifestaciones artísticas.

Durante estos años se ha tenido que lidiar con la persecución y violencia, con la migración forzada de las juventudes que también son los actores y actrices, con la crisis financiera que imposibilita las artes y con la ausencia de una política de Estado que promueva y defina el arte como parte esencial del desarrollo de los pueblos. Pero ante ese panorama Teatro La Fragua se asume desde la creatividad construyéndose opciones y apostando por los aliados, desde la Flexibilidad que, bien entendida por ellos, no ha significado renunciar a la identidad teatral que define su muestra, sino en la de consolidarla y adaptarla a las nuevas demandas y, desde luego sin la posibilidad mínima de renunciar a su compromiso por hacer, con el arte como bandera, apuestas por una Honduras realmente inclusiva y justa para todos y todas.

Se tiene que leer de corrido y sin puntos finales por que estos 37 años TLF no ha parado en su afán de hacer cultura y promover el arte. Han ido por todos los rincones de Honduras, montado cualquier cantidad de obras para escena y abriendo miles de puertas para que otros, en la calidez de sus tablas puedan despegar sus alas y alzar el vuelo en la promoción de sus talentos. De eso puedo dar fe yo mismo.

Teatro en tiempos de guerra

Sin duda uno de los grandes méritos del TLF es su apuesta incondicional por una sociedad de paz cuando lo que se respira es la violencia. De hecho en los últimos años las ausencias de público responden al clima de inseguridad con que habitamos en Honduras y esta nuestra ciudad El Progreso en particular. Y a pesar de eso seguir. La paz no es la ausencia de la guerra y eso en Honduras es más que evidente, sin estar en guerra la mayor parte del presupuesto nacional se destina a seguridad nacional y proyectos culturales como los que promueve Teatro La Fragua quedan en el olvido por que no son políticamente rentables y, de paso, son críticos de la corrupción instalada.

Honduras se desangra y parte de esas arterias rotas por donde se desangran tienen vinculación directa con el Estado. Un estado que permite que gobiernos político-partidistas roben los fondos de la salud, la educación y los proyectos socioculturales para promover campañas electorales, el nepotismo y la intolerancia ante los que no están de acuerdo con la forma en como se administra el país que es de todos y todas. Y el Teatro La Fragua, valientemente, no ha renunciado a su compromiso de denuncia y pese, al desplante económico que eso le puede significar, grita desde sus obras que otra Honduras es posible, que la igualdad jurídica y digna entre todos y todas no esta en el papel mojado de la Constitución de la República actual, sino en el ámbito supraconstitucional que nos da el ser ciudadanas y ciudadanos sujetos de derechos.

 

La Fragua eligió ser pobre, se prefiere pobre antes que vender a sus gladiadores al circo y pan que quiere esta sociedad actual. La cultura, dijo Jack (Director ejecutivo) en una de las jornadas de formación de las que fui parte, no debe tener precio, ni su compromiso por hacer pueblo debe ser suplantado por los antojos de la comodidad. Por eso es mejor actuar desde la carencia que hace la conciencia que desde la opulencia que enajena la existencia. Teatro La Fragua eligió que la respuesta a esta sociedad de violencia esa en el arte, en esas manifestaciones culturales que nos ayudan a encontrar la nobleza que nos caracteriza y la libertad que nos determina.

Y musita la muerte: espera, espera, espera y otra vez nos ponemos a esperar y a creer(J.F.T)…
Y musita la muerte… definitivamente musita la muerte y su llamado tiene ecos y esos ecos rebotan en las tablas añejadas del Teatro La Fragua, o se convierten en halos de luz que se estrellan en los telones que se visten de color con el choque, o se tiñen de sangre en alguna calle de la ciudad en donde alguien dio su último suspiro.

Esta temporada de expresión artística le dice adiós a uno de los grandes exponentes del arte hondureño Don Guillermo Anderson, quien junto a Walter, Guillermo Fernández, Gerónimo, Roberto Sosa, Rigo Paredes, Fernando Alvarado, Clementina Suarez  y otros más le dieron vida al acervo cultural de Honduras y consolidaron a su manera una relación de amor con estas tablas que, todavía ahora, a pesar de sus ausencias físicas siguen gritando su amor como un verso para la esperanza.

Fernando Alvarado, Walter, Guillermo Fernández y Guillermo Anderson se hicieron eternos en esas tablas. Escribieron su historia, se metieron en la memoria y volaron infinito desde este colosal escenario. Aprendimos de ellos, nos hermanamos con ellos y, con el paso del tiempo a pesar de lo reciente de G. Anderson los tenemos en cada presentación y jamás, pero jamás, van a ser borrados de la nostalgia en cada temporada que se monte. Pero apelo a su memoria y pienso que vendrán más temporadas, que habrán otras cipotas de barrio, algún otro patroncito, un Pepe Lepeau que junto a la magia de las luces del Walter van a pintar los días grises e iluminarnos alguna esperanza.

Y todavía les queda corazón para dar regalos

Me voy despidiendo, ya se que están cansados de leer si es que han llegado hasta acá, pero 37 años no se puede hacer de paso y Teatro La Fragua se merece este texto y todos los que el mundo les escriban. Su trabajo no solo engrandece Honduras, sino que la salva de la vorágine en la que la sumerge la política corrupta y la sociedad de consumo que nos atormenta.

Y es tanta la nobleza de esta compañía cultural que no se quisieron ir sin dar regalo cuando deberían ser ellos quienes lo recibieran. Somos nosotros y nosotros los hondureños y progreseños en particular los que debemos dar reconocimiento a ustedes. Lo tienen más que ganado.

Las sonrisas y destellos de actuación de mi Marcela Sofía, las preguntas de mi Sergio Ernesto sobre esto o aquello que pasó en tal obra y las posibilidades de encuentro entre estos y sus primos Flores Carías son de un valor incalculable. Ustedes, aunque no se los haya dicho, contribuyen a la educación de nuestros niños y niñas, les abren a mundos no imaginados en donde la solidaridad, el amor y la vida compartida son la máxima… y hacen, desde cada obra y proyecto en que nos incluyen como público o como artistas, que nuestra tarea de padres y madres sea menos compleja en esta sociedad tan diezmada que no deja que en el suelo patrio germine la esperanza.

Infinitamente GRACIAS Teatro La Fragua
Felices 37 años

 

Chaco de la Pitoreta