Lunes, 22 de junio 2026  

Del fervor juvenil a los pies bien puestos en la realidad

La alegría juvenil desbordó las calles de El Progreso el pasado fin de semana. Cantos, consignas, oraciones, abrazos y esperanza compartida hicieron de la jornada nacional de la juventud católica una verdadera fiesta de fe. En un país herido por la exclusión, la violencia y la incertidumbre, ver a miles de jóvenes movilizados por motivos espirituales y comunitarios no puede sino ser motivo de aliento.

Allí donde con frecuencia se nos quiere vender la idea de una juventud indiferente, extraviada o atrapada únicamente por el consumo, la sobrevivencia y las redes sociales, esta jornada ha dejado una señal luminosa: la juventud sigue viva, sigue buscando sentido, sigue queriendo creer y construir un país alegre y digno.

No basta reunir multitudes, encender entusiasmos y multiplicar consignas religiosas si todo eso no entra en diálogo con la crudeza de la vida cotidiana de nuestra juventud. La pregunta de fondo sigue siendo inevitable: ¿qué significa hablar de esperanza cristiana en una Honduras donde a la juventud se le niega educación digna, empleo digno y futuro digno?

No se puede convocar a la juventud a soñar si en el campo se le expulsa de la tierra. No se puede hablar de vocación y misión sin reconocer que miles de jóvenes viven bajo el asedio de las diversas expresiones del crimen organizado. Por eso, la movilización juvenil es una buena noticia, pero no puede convertirse en evasión. Es esperanzador que miles de muchachos y muchachas se encuentren, celebren su fe y se reconozcan parte de una Iglesia joven. Pero sería insuficiente, e incluso riesgoso, si la experiencia termina reducida a un fervor desconectado de la realidad nacional.

Conviene también decirlo con claridad y sin rodeos: no es noble aprovechar una concentración masiva de jóvenes para elevar perfiles políticos o para buscar legitimaciones públicas desde el poder. Cuando la fe se acerca demasiado a los intereses del poder, corre el riesgo de perder libertad profética. Como dijo Monseñor Jenry Ruiz en la homilía, la juventud católica hondureña necesita mucho más que eventos multitudinarios. Necesita pastores cercanos, creíbles, con olor a pueblo y con valentía evangélica.

El fervor juvenil vivido en El Progreso debe traducirse en procesos, conciencia, organización y compromiso. La juventud creyente está llamada no solo a llenar plazas, sino a vaciar miedos; no solo a cantar en coro, sino a hablar con voz propia; no solo a celebrar su fe, sino a encarnarla en la defensa de la vida, de la justicia y de la dignidad. Honduras necesita una juventud despierta, crítica y esperanzada. Y necesita también una Iglesia libre, autónoma e independiente de los poderes que domestican la conciencia y compran silencios.

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