Nuestra fe alimenta siempre amaneceres, no soporta quedarse en tinieblas ni se sustenta nunca en negatividades y derrotas. No son las amenazas ni los golpes del poder lo que paraliza a quienes actúan movidos por la fe cristiana. Unos días atrás una conversación entre personas centraba todo en torno a las amargas decisiones que están tomando el régimen actual, en base a la alianza única con las élites empresariales, y la criminalización de las luchas sociales.

Todo el ambiente estaba cargado de negatividad porque los partidos políticos estaban decidiendo conforme a sus intereses y de espalda a la población. “No hay quien responda en nombre del pueblo”, decían.

Esa nunca ha de ser la actitud de quienes tienen fe en el Señor Jesucristo. Para una sociedad que calla indefinidamente frente a sus necesidades, injusticias y exclusiones no construye estabilidad, la comunidad creyente ha de salir con su voz para despertar rebeldías. Por eso, que hoy diferentes sectores comiencen a levantar nuevamente su voz, a organizarse y a movilizarse pacíficamente, hemos de verlo como una expresión legítima de recuperar la vitalidad democrática y una expresión de fe evangélica.

Recordemos que nuestra historia demuestra que muchas de las transformaciones más importantes no han nacido de la sola voluntad de la gente que milita en partidos políticos, sino de la presión organizada de la sociedad de los pobres.

Es la voz de las comunidades, de los trabajadores, de los jóvenes, de las mujeres, de los pueblos indígenas y de tantos sectores históricamente postergados, la que empuja las decisiones que de otro modo seguirían en espera inútil. Y en ese ambiente, la comunidad cristiana nutre con su fe y se nutre de la mística popular.

La fe cristiana ha de estar ahí donde se juega la suerte de los pobres y sus luchas. Solo la presión desde abajo, en el marco de la organización y la movilización pacífica, podrá obligar a quienes gobiernan a responder con la seriedad que demandan los problemas nacionales. La estabilidad no se decreta. No nace del silencio social ni de la pasividad ciudadana. La estabilidad política auténtica surge cuando existe una relación dinámica entre un pueblo que participa, exige y propone, y un gobierno que escucha, atiende y corrige.

Para quienes tenemos fe en el Señor, el despertar del movimiento social debe ser asumido como una buena noticia que viene de Dios. Es el recordatorio de que la sociedad sigue viva, de que no ha renunciado a su derecho de reclamar dignidad, justicia y respuestas.

Ninguna autoridad se debilita si escucha y atiende reclamos de la ciudadanía organizada. Escuchar al pueblo que organiza y pacíficamente reclama y presiona no debilita la autoridad: la legitima. Y esa es una de las expresiones de nuestra fe.