Lunes, 22 diciembre 2025  

¿Podemos tener un escenario que no sea catastrófico?

Si después de tres semanas de las elecciones no se tienen resultados electorales oficiales, es porque algo monumentalmente peligroso ocurre en la institucionalidad hondureña. Elecciones así, con resultados electorales en penumbra, solo pueden estar acompañadas por procesos fraudulentos por donde quiera que se les mire.

Los negociadores de siempre, es decir, los personajes de las altas cúpulas de los tres partidos políticos, parecen dar señales de que se les agotó su capacidad para lograr acuerdos. Y su credibilidad se ha ido al suelo.

Insultos y acusaciones, ajustes de cuentas, falsos triunfalismos, congresos paralelos, conteos y contra conteos, suspensiones de visas, amenazas de extradiciones, cambios de mandos militares, masacres y femicidios dejan la sensación de que todo en el país se está desmoronando o está cayéndose a pedacitos. Nadie se autocritica, los demás son los culpables, y otros garantizan que están en “el lado correcto de la historia”.

Lo cierto es que la institucionalidad que ha sostenido los procesos electorales hondureños ha colapsado. Las elecciones se han convertido en un problema más, y la democracia, en lugar de fortalecerse con los comicios electorales, se va al despeñadero. Así estamos actualmente.

Seguramente en estos días nos entregarán resultados oficiales. Ya es un paso. Pero a estas alturas serán resultados cargados de sospechas y de más incertidumbres. Estarán bañados de las turbias decisiones que acompañaron las elecciones. Si hubo injerencia directa del gobierno de los Estados Unidos, algo salpicados quedarán los resultados. Nadie podrá quitar a estas elecciones el estigma de fraudulentas. Un estigma sustentado y muy bien ganado.

Cualesquiera que sean los resultados electorales oficiales, lo que se instalará a partir del 27 de enero será un escenario cruelmente inestable, porque el gobierno que surja contará con la más baja dosis de legitimidad y porque más temprano que tarde, a las demandas postergadas y acumuladas de los diversos sectores populares, tendrán como respuestas una continua y severa represión por parte de un Estado que se basará en la fuerza militar, policial y concentración oligárquica.

Sin embargo, cuanto más honda es la crisis, con más fuerza surge la oportunidad para que el siguiente período se convierta en el resurgir del movimiento social que convoque a las diversas organizaciones sociales y populares para que, dejando de ser espectadores, se constituyan en el sujeto social y político promotor de luchas transformadoras. 

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