Los negros y las negras han sido víctimas de la discriminación racial. Hace menos de un siglo en algunas constituciones políticas aparecía la prohibición al ingreso de negros. Y en nuestro territorio, en las áreas de las compañías bananeras, había lugares en donde se prohibía el ingreso de negros o donde los negros sólo podían estar como sirvientes de los blancos. Hombres como Nelson Mandela en Sur África o Martín Luther King en los Estados Unidos, dedicaron su vida entera para luchar por el reconocimiento del derecho de los negros y negras a ser tratados en igualdad de derechos.
En nuestra fe cristiana encontramos el mayor sustento de la igualdad de todos los seres humanos en el misterio de la encarnación. Dios dejó de estar lejos de la humanidad. Es más, la humanidad es portadora de lo divino, y esta carne nuestra, humana y frágil, es lugar desde donde Dios busca su glorificación.
Conforme a este misterio de la encarnación, la gloria de Dios no está en su distanciamiento de la humanidad, sino en que en la humanidad misma resplandece la presencia divina. En los seres humanos, cualquiera sea su etnia o su cultura, se juega la suerte de Dios. Ahí donde falta dignidad, la gloria de Dios está opacada; ahí donde se apuesta por la dignidad de la persona, ahí brilla la gloria de Dios.
Dios no se fija en la condición o no hace acepción de personas (Gal 2, 6) ni hace distinción de personas, porque todas las personas tienen la misma dignidad de criaturas. La encarnación del Hijo de Dios manifiesta la igualdad de todas las personas en cuanto a dignidad. El magisterio de la Iglesia recoge con fidelidad el testimonio del Nuevo Testamento sobre la igualdad de dignidad de todas las personas.
La Doctrina Social de la Iglesia retoma el dato revelado para afirmar que en Jesucristo encontramos el modelo de la igualdad de derechos de todas las personas. La discriminación racial entonces, no tiene ninguna razón de ser conforme a la palabra revelada y al magisterio eclesial. Cualquier segregación por motivos raciales es contraria al plan divino. Nadie es más ni nadie es menos por su color o por su origen. Y esto es así porque cualquier persona tiene la misma dignidad, y en cualquier parte se debe defender su vida, que es el don más preciado.
Ya se ha dicho en el análisis precedente a este enfoque, que más importante que hacer fiesta por los 228 años de la presencia garífuna en tierras hondureñas, es la lucha de resistencia por la defensa de los derechos, de la tierra y la protección de la cultura del pueblo garífuna. Esto es lo más importante. Es cierto que no es tiempo para acentuar la fiesta. Pero tampoco es tiempo para la tristeza. Es tiempo de la lucha entusiasta por la unidad de todos los sectores garífunas. Y mientras el pueblo lucha, también baila su danza, su ñancunú, su punta al son de sus tambores. Así se abre el corazón para gritarle al mundo lo que brota justamente entre un pueblo que está siendo amenazado por empresarios, comerciantes y sectores del crimen organizado que buscan engrosar sus ganancias a costa de la marginalización del pueblo garífuna.
La lucha del pueblo garífuna por defender su tierra ha de ser acompañada por los diversos sectores de la sociedad hondureña. Y debe ser acompañada por la palabra profética y crítica de la Iglesia. Y nos alienta la voluntad salvadora de Dios, que empuja nuestra esperanza hacia un futuro en donde ya no triunfará el que tiene poder, no triunfará el corrupto ni triunfará el codicioso. El triunfo será de Dios, y con él de todos los pueblos sin distinción de etnia, género, cultura o religión.