El relato de la creación nos dice que todo cuanto hay y existe en el mundo proviene de Dios y es bueno: “Y vio Dios que todo cuanto había hecho era muy bueno” (Génesis 1, 31) Y el primer mandato de Dios es un precepto ecológico:
Dios los bendijo diciéndoles: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra” (Génesis 1, 28)
Dios nos la entregó el planeta para que compartiéramos y lleváramos a plenitud la creación sustentada en el amor y la solidaridad. La tierra es para que la gente viva feliz, y toda la naturaleza para que se comparta y sea fuente de justicia y dignidad entre los pueblos.
Sin embargo, Los bienes se fueron quedando poco a poco en manos de menos personas, y en lugar de contribuir a la paz y a la plenitud del amor, la tierra y los bienes se fueron convirtiendo en fuente de discordias, asesinatos, guerras, injusticias y divisiones sociales. Así estamos.
Sin embargo, Dios quiere y busca la construcción de pueblos libres, y los bienes de la naturaleza han de orientarse a este fin. Dañar indiscriminadamente el medio ambiente o ponerlos para fines comerciales sin importar la vida de la gente se está actuando en contra de la voluntad de Dios. Es obligación desenmascarar ese abuso y de denunciar a quienes están atentando en contra de la voluntad divina.
La alianza de Dios es con toda la creación. Dios no quiere la destrucción de la tierra, sino que perdure para siempre. No se trata de un compromiso cualquiera, es una alianza eterna.
Para las primeras comunidades cristianas, la salvación es también la liberación de la creación de todo aquello que la oprime y destruye. Por eso Pedro y el Apocalipsis hablan de la esperanza en “un nuevo cielo y tierra nueva” (Ap 21, 1 y 2 Pe 3, 13).
No hay duda de que la voluntad creadora de Dios, de que los bienes estén al servicio del amor y de la dignidad humana, se ha pervertido, y en su lugar ha ganado la codicia, que significa literalmente amor al dinero, y en esa codicia se encuentra la raíz de la corrupción. Así lo dice Timoteo: “Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extravían en la fe”
El planeta está amenazado, nuestro país está amenazado, nuestra gente pobre está amenazada. Cada año los desastres parecen ser peores, ya sea cuando viene mucha lluvia o cuando tenemos tiempos de sequía. Se ha perdido el equilibrio ecológico en la naturaleza, por la estricta dinámica humana.
Sin embargo, hay sectores que están en pie de lucha por revertir esta dinámica destructora. La gente de Santa Bárbara. el Aguán, Puerto Cortés. Copán, Atlántida. Choluteca, Olancho está luchando porque los bosques no sean completamente destruidos por los depredadores madereros y porque la explotación minera no acabe con el agua y con las comunidades. Los sectores de occidente están en pie de lucha para impedir que la explotación minera acabe con la vida de los pueblos.
Esas luchas son divinas porque están en sintonía con lo que Dios quiere para la humanidad. Por eso mismo, esas luchas deben ser acompañadas por la palabra profética y crítica de la Iglesia. Y nos alientan a empujar nuestra esperanza hacia un futuro en donde ya no triunfará el que tiene poder, no triunfará el corrupto no triunfará el codicioso. El triunfo será de Dios, y con él de todos los pueblos amantes de la paz. Así lo dice el Señor, y así cerramos con esperanza este enfoque:
“Pues yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva y el pasado no se volverá a recordarlo más ni vendrá más a la memoria…Ya no se sentirán, en adelante, sollozos de tristeza ni gritos de angustia…Antes de que me llamen les responderé, y antes que termine de hablar habrán sido atendidos” (Isaías 65, 17.19b.24)