

Un nuevo despertar para las comunidades lencas de Opalaca
Por primera vez en 31 años, una promesa se convierte en realidad para las comunidades del municipio de San Francisco de Opalaca, Intibucá. Las máquinas han llegado. Han comenzado los trabajos de construcción de un puente largamente esperado, cuya ausencia significó incomunicación y pérdidas de cultivos, y deterioro creciente de la calidad de vida, incluso muertes.
Estas comunidades estaban aisladas. El comercio con La Esperanza se paralizó y los servicios básicos quedaron aún más lejos. Sin embargo, la organización comunitaria y una reciente protesta con toma de la carretera internacional CA-5 arrancaron finalmente un compromiso del gobierno central: la construcción del puente sobre las aguas del Río Grande, Ojo de Agua.
Este puente no es cualquier cosa. Es el primer gesto tangible en más de tres décadas para más de 14 mil habitantes de Opalaca. Es también una señal —tímida, pero esperanzadora— de que las voces de estas comunidades empiezan a ser escuchadas.
Ubicados entre montañas verdes, los pobladores y pobladoras indígenas lencas de este municipio sobreviven cultivando granos básicos y venden su fuerza de trabajo en el corte de café de altura. Con estas actividades no pueden salir de la extrema pobreza. A esto se suma el engaño del que han sido víctimas por los políticos de toda la vida. Prometen y prometen, pero siempre las palabras se convierten en pajas que se las lleva el viento.
San Francisco de Opalaca fue fundado en junio de 1994, fruto de una lucha comunitaria liderada en su momento por Berta Cáceres y el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh). Sin embargo, desde entonces, ningún gobierno —ni local ni nacional— había ejecutado obras que respondieran a las necesidades de las comunidades.
Aunque cueste creerlo, todavía hay comunidades que nunca han tenido acceso a electricidad; una niña debe caminar más de tres horas para llegar a la escuela más cercana; muchas mujeres embarazadas están condenadas a perder a sus bebés porque la carretera les impide llegar a tiempo al hospital más próximo. Intibucá, junto con Lempira, sigue siendo uno de los departamentos más empobrecidos de Honduras, el 90% de su población vive en condición de pobreza extrema. Nueve de cada diez personas sobreviven sin comida suficiente, sin empleo y sin la presencia del Estado.
Este puente, entonces, no es solo una construcción. Es símbolo en décadas de abandono institucional. Con este puente la gente se ha animado a continuar su proceso de organización. Agachada y callada, solo habrá promesa de políticos. Erguida y organizada, su voz se respetará y se hará escuchar. Han comprobado que la clave está en la organización, en hacerse uno solo nudo, un racimo como iglesia, productores, mujeres, jóvenes y autoridades ancestrales.

Escuchar y descargar Nuestra Palabra