Ana A. Pineda H
Especialista en Derecho Constitucional

La democracia hondureña enfrenta una tensión estructural que trasciende la coyuntura electoral del 30 de noviembre de 2025. El conflicto persistente en el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la dinámica tripartidista revelan una lógica adversarial que debilita los fundamentos democráticos del país. Cada proceso electoral parece dejar más dudas que certezas, alimentando un ciclo de desconfianza donde las sospechas se acumulan y los consensos se disuelven.
Lejos de responder a la voluntad popular, las elecciones se han convertido en escenarios más negociados que normados, regidos por pactos entre élites y cálculos partidarios. En este contexto, los partidos políticos dejan de actuar como instrumentos de expresión y representación del pueblo y se transforman en estructuras de poder personalista, anulando el vínculo entre ciudadanía y democracia.
Lo ocurrido recientemente en el CNE -sesiones suspendidas, renuncia condicionada, y descalificaciones mutuas- no refleja una mera disputa administrativa. Es, más bien, una expresión de la manera en que la política en Honduras se ha configurado como una disputa de todo o nada, donde el adversario político es tratado como un enemigo que debe ser eliminado. Este tipo de confrontación nos aleja del diálogo democrático y socava tanto la institucionalidad electoral como su marco constitucional.
Ante esto resulta pertinente recurrir a la teoría política de Chantal Mouffe y su distinción entre antagonismo y agonismo, desarrollada en obras como “El retorno de lo político” y “La paradoja democrática”. Esta autora distingue entre el antagonismo concebido como el conflicto entre enemigos irreconciliables y, por tanto, como una amenaza existencial, y el agonismo como el conflicto entre adversarios legítimos que comparten las reglas del juego democrático. Desde esta perspectiva, lo observado en el CNE en semanas recientes representa una lógica claramente antagonista caracterizada por intransigencia partidaria, evidente retraso del cronograma electoral, y ausencia de mecanismos institucionales para procesar el disenso.
Los consejeros y dirigentes políticos en lugar de defender con firmeza sus posiciones desde el respeto democrático, exhibieron conductas marcadas por lealtades partidarias y cálculos estratégicos, obstaculizando el diálogo y debilitando el papel del CNE como garante del proceso electoral y de los derechos políticos de la ciudadanía. Esto convirtió al órgano constitucional en un espacio de lucha hegemónica, donde lo que se disputa no es la calidad e integridad del proceso electoral, sino el control sobre sus resultados.
La reciente reanudación de sesiones en el CNE, aún cargada de tensiones, representa un giro que merece ser destacado, dado que abre una posibilidad esperanzadora. Significa un reconocimiento mutuo entre actores enfrentados, pero que empiezan a aceptar el
marco democrático como espacio legítimo de disputa. El CNE podría convertirse en el ejemplo de una democracia agonística, donde las diferencias políticas no se reprimen, sino que se gestionan constructivamente anteponiendo el interés nacional sobre el partidario.
Este paso hacia la transformación del CNE en un espacio agonístico es una señal de madurez política. Si este cambio se consolida, Honduras podría recuperar la confianza en sus instituciones y construir una democracia más robusta, donde el disenso no sea visto como una amenaza, sino como la base de un verdadero debate democrático. Se necesita voluntad genuina por parte de los Consejeros y partidos en contienda para construir acuerdos desde el desacuerdo. Reconocer las diferencias y construir desde ellas es la única vía para superar los desafíos políticos del país.
El Congreso Nacional de la República también está llamado a abandonar sus prácticas antagónicas y trascender al agonismo democrático. El CNE y los partidos políticos tienen ante sí una responsabilidad histórica: demostrar que la democracia no se fortalece suprimiendo el conflicto, sino encauzándolo. Superar la lógica antagónica no es solo posible, es urgente y necesario. Porque sin una democracia agonística, la soberanía popular seguirá siendo una promesa lejana.