Para la Iglesia Católica hondureña, El 25 de junio de 1975 tiene una significación extraordinaria. Catorce personas creyentes y miembros activos de la Iglesia y de la organización campesina fueron despedazadas. A raíz de este hecho espeluznante comenzó una nueva etapa, la del repliegue por varias décadas de la Iglesia a todo aquello que suena a organización política.
Aquella masacre fue una respuesta del gobierno y de los terratenientes a la presión de los campesinos para que se aplicara la Reforma Agraria que las mismas Fuerzas Armadas habían encabezado a partir del golpe de Estado en diciembre de 1972. Con aquella acción criminal quedó demostrado que cualquier intento que se haga por disminuir la injusta distribución de las riquezas, y especialmente de la tierra, se topa siempre con la feroz oposición de quienes viven en la opulencia. Y mostró que los campesinos y los pobres son buenos cuando justifican el discurso oficial de los altos funcionarios públicos. Pero cuando se organizan y reclaman sus derechos, estorban y desestabilizan. Y entonces se les quita de en medio, de cualquier manera y a cualquier costo.
Han pasado 50 años de aquella sacudida a la conciencia nacional. El proceso de Reforma Agraria se paralizó, hasta desaparecer. En su momento, la masacre mostró con extremo dramatismo los intereses irreconciliables que existen en el país, y que eso de llamarnos hermanos y hermanas –y mucho menos, hijos e hijas de Dios– suena a un chiste de mal gusto. La injusticia estructural que originó la masacre de los Horcones es el mismo principio básico que mantiene actualmente a la mayor parte de la población en situación de violación permanente de sus derechos humanos, y es la misma raíz que fomenta el crimen organizado, la impunidad y la corrupción.
La tenencia de la tierra sigue siendo un escándalo en el país, y los desalojos campesinos de tierras que reclaman sigue siendo parte del paisaje en el campo hondureño. Pasaron 50 años y muchos se esfuerzan en el olvido de aquella sangre. Los gobiernos más bien han enjuiciado a la verdad y han enaltecido a la mentira con sus responsables. Falsos testigos han sido, en estos 50 años, los gobernantes, políticos y funcionarios públicos que han mentido y amañado las leyes, de igual manera los administradores de la justicia que no han investigado crímenes ni juzgado a sus responsables. En estos 50 años en el país se ha manoseado la verdad hasta el extremo de hacer pasar a los campesinos y a los pobres por culpables de los males, mientras que los poderosos han sido presentados como fuente de todos los bienes.
Los Sacerdotes Ivan Betancour y Casimiro Zipper, junto con los campesinos que se formaban en la verdad y el amor en el Centro de Capacitación Santa Clara, en Juticalpa, Olancho, emcabezan, junto con el Padre Héctor Gallegos, desaparecido en Panamá en junio de 1971, la larga lista de pastores y laicos, asesinados a lo largo de varias décadas en el continente latinoamericano por la profética decisión de la Iglesia de dar testimonio de la verdad y de poner todo su amor al servicio de la causa transformadora de los pobres del campo y la ciudad.
Al cumplirse el primer cuarto de este siglo XXI, el país entero está urgido de dignidad, justicia, verdad y amor. Sin estos bienes sociales jamás construiremos un nuevo país. Dignidad, Justicia, Verdad y Amor que se expresen en la investigación y la administración de la justicia, en la lucha por la Reforma Agraria, en la defensa de los derechos de los más pobres, en la construcción de una auténtica soberanía nacional que amplíe los espacios de participación política de los diversos sectores sociales y populares.
Hacer memoria de los Mártires de los Horcones es buscar en nuestra historia hondureña señales para seguir creyendo, porque los mártires son esa fuerza que nos invita a dejar atrás cansancios y desalientos, y a mantenernos en la lucha por alcanzar el triunfo final de los justos. En los comienzos de la Iglesia, al momento de revisar la liturgia para actualizarla conforme a los desafíos de la cultura y de la historia, los santos padres no dudaron en decir que cualquier cosa podía reformarse o cambiarse, menos la memoria de los mártires. Triste sería si en la Iglesia abandonamos la memoria, porque nuestra Eucaristía es justamente el memorial de un martirio, el memorial de la entrega generosa de la sangre de un inocente.
“Hagan esto en memoria mía”, dice Jesús a sus seguidores en el momento de compartir el pan y el cáliz. Hacer esto en la liturgia hace referencia a la sangre y al cuerpo que se entrega por los demás. No puede existir memoria sin realidad. “Hagan esto en memoria mía, hasta que vuelva” significa que la invitación del Señor es a vivir dando testimonio de entrega a los demás todos los días, hasta que él vuelva, es decir, toda la vida. Antes de la memoria hay realidad de entrega, existe derramamiento de sangre. Para que haya memoria de mártires, primero hay mártires, hay sangre derramada por la causa de la fe y de la justicia. Una liturgia hace memoria de mártires, pero a su vez impulsa a quienes celebran esa memoria al compromiso con la causa por la que se hace memoria de mártires.
Un mártir es testigo de la fe, es testigo de la Vida, y la Iglesia no sería Iglesia sin la memoria de la sangre de los mártires. Una liturgia sin compromiso con el camino de los mártires, es algo vacío, sin sentido, puesto que en el meollo de nuestra liturgia central, la Eucaristía, tenemos la presencia viva de Jesús, la ofrenda viva por la salvación del pueblo. Ya lo dijeron nuestros primeros Padres de la Iglesia en los primeros siglos: los mártires son semilla de cristianos, y cuánto necesitamos hoy esa memoria para que los cristianos y cristianas hagamos de esta nuestra iglesia, fiel y comprometida con la causa de los mártires. Los mártires de los Horcones se hicieron Eucaristía y nos convocan a alimentarnos de sus cuerpos y su sangre para llenarnos de la Vida que nunca se acaba.