Echemos una mirada apurada a la situación de salud del país para situar nuestra responsabilidad, y no quedarnos atenidos a las decisiones de reducidas élites, expertas en convertir en negocio las necesidades de la gente.
La Organización Mundial de la Salud define la misma de la siguiente manera:
“Un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones y enfermedades”. Esta definición se convierte inmediatamente en tarea urgente. Con un sistema público de salud verdaderamente injusto y excluyente, carente de medicina adecuada, no debe sorprendernos que el mismo sistema de salud se constituya en un factor más para que los políticos trafiquen con la enfermedad de la gente, y sea un factor para la muerte de mucha gente pobre, en lugar de ser factor posibilitador de esperanza y de vida.
Vivimos en una realidad indudablemente dura. Especialmente cruel es las enfermedades que no son atendidas porque el sistema de salud es completamente deficiente y excluyente. Algo queda completamente establecido: no existe en el país una auténtica política de salud pública. Un país como el nuestro que debía tener muchos de sus recursos puestos en la salud preventiva, no tiene ni siquiera una política clara de salud curativa. Viene una epidemia tropical y no existe la capacidad de una atención de emergencia, incluso porque se han robado los medicamentos.
El concepto de salud ya no sólo se limita a la ausencia de enfermedad, sino que la misma enfermedad ya no forma parte de una política de atención organizada y eficiente. El sistema de salud en el país expresa y refleja el concepto de salud que existe de fondo en los sectores exclusivos de la sociedad hondureña: la salud es privilegio de pocos, y para que este privilegio exista es necesario marginar de una atención digna y suficiente a la mayoría de la gente. Con un concepto así, no sólo no tendremos nunca un sistema de salud justo, sino que ni la medicina curativa podrá tener éxito real.
¿Qué dice la palabra de Dios sobre la enfermedad y los enfermos?
Las páginas de los evangelios están repletas de gente enferma. Ciegos, cojos, paralíticos y leprosos, y también gente agobiada por enfermedades psicológicas, depresivas y espirituales, a cuyas personas el Evangelio las identifica como endemoniadas.
Toda esta era una población que no sólo estaba excluida socialmente, sino que estaba señalada como pecadora por los códigos de la religión. Era una población desechada, y a la que se le había inculcado que no sólo no era merecedora de los bienes de la tierra, sino que ya estaba condenada por Dios como una población pecadora, y por tanto, excluida de toda salvación en la vida presente, y también después de la muerte. La enfermedad era considerada una maldición, y quien estaba enfermo estaba así pagando pecados suyos o, incluso de generaciones anteriores.
¿Qué hace Jesús? Se hace amigo y compañero de camino de ellos. Se hizo un débil entre los débiles, y a través de él los débiles experimentaron a un Dios que dejó de estar lejos de ellos. Jesús pone en el centro de su quehacer a la persona enferma, y desde ella cuestiona el orden religioso establecido.
Los amigos de la muerte niegan el derecho a la vida y a la salud a millones e personas en nuestra realidad actual. Los textos evangélicos nos sitúan ante la misericordia de Jesús ante la gente débil y enferma. Se hace su amigo y con ello les devuelve tanto la salud como la dignidad, y el retorno a la comunidad. Así ocurre en muchos pasajes de los textos evangélicos. En todos ellos encontramos la voluntad de vida que nos anuncia Jesús, y la denuncia de todo aquello, incluso lo religiosos que se aferra en condenar a los débiles.
La salud ha de ser siempre un desafío fundamental para la Iglesia. Como seguidora del Evangelio, la Iglesia ha de poner su tienda entre la gente débil y enferma, defenderla ante quienes provocan su muerte lenta. La Iglesia, seguidora del mensaje evangélico de Jesús, ha de tener en los débiles a los sujetos privilegiados de su mensaje y de su quehacer. Y el distintivo de todo quehacer evangelizador ha de ser la atención y respuesta permanente a la población más débil de la sociedad, y la lucha para dignificar a los que ahora son enfermos y débiles.