«El futuro ya está aquí,
solo que mal distribuido…
y el pasado sigue siendo un territorio
que nos han enseñado a olvidar.»
—William Gibson
En 1988, Katsuhiro Otomo inmortalizó en Akira las ruinas de una Neo-Tokio erigida sobre los escombros de una catástrofe que la sociedad prefirió olvidar antes que procesar, aunque la crítica convencional encerró la película en los marcos de la paranoia atómica y la estética cyberpunk, Akira es, en su núcleo, un tratado filosófico y biopolítico sobre qué ocurre cuando un pueblo es despojado de su memoria, violentado por dinámicas hegemónicas y forzado a someter su existencia a la mera subsistencia.
Cuando trasponemos este espejo al contexto hondureño, la analogía deja de ser una metáfora estética y rimbombante, para convertirse en una herramienta de rigor analítico, pues Honduras no habita en rascacielos iluminados por neón, pero padece con precisión quirúrgica las mismas patologías estructurales: un Estado capturado por élites militarizadas, una juventud mutilada en su identidad y una masa poblacional aplastada de manera grotesca entre el desarraigo cultural y el imperativo biológico de no morir de hambre.
Y es que para entender la deriva destructiva de Tetsuo Shima en Akira, es preciso comprender el vacío ontológico en el que habita, pues no es simplemente un joven rebelde; es el síntoma de una sociedad que sustituyó la identidad cultural por un desarrollo vertical, militarizado y ajeno y en Honduras, este vacío es el resultado directo de una trayectoria histórica signada por la colonialidad y el extractivismo: histórico-estructural con la consolidación del modelo de república bananera en el siglo XX que no solo subordinó la economía nacional a intereses corporativos trasnacionales, sino que, fracturó las soberanías locales y dejó a nuestra Honduras configurada históricamente como una plataforma de enclave, un territorio de tránsito para el capital exógeno en donde la vida humana siempre ha sido un insumo secundario.
Posteriormente, le dieron rienda al proyecto de homogenización mestiza, que intentó por muchas vías invisibilizar las raíces de los pueblos originarios y afrodescendientes (Lencas, Garífunas, Miskitos, Pech) despojándolos de sus cosmogonías y sus territorios, permitiendo que este borrado sistemático generara un desarraigo identitario en donde lo propio es racializado y devaluado, mientras que lo ajeno se impone como la única vía de adscripción al progreso.
En aquel Neo-Tokio, los huérfanos de la catástrofe no tienen acceso a la memoria histórica, pues sus vidas están volcadas a la inmediatez de la velocidad, las drogas sintéticas, la supervivencia en las calles y la cultura ha sido disuelta por la alienación mercantil. Esta es la trampa trágica que define la cotidianeidad del pueblo hondureño, pues la población se encuentra atrapada en una dualidad asfixiante que transita entre el despojo de la subjetividad, es decir, la globalización aculturadora y la descomposición del tejido social que erosionan las identidades comunitarias, dejando con esto, que la cultura ya no opere como un refugio cósmico o histórico, sino como un estorbo frente a la lógica del mercado.
Sucede entonces que, cuando la mayoría de la población habita en condiciones de pobreza, la prioridad absoluta se reduce a la reproducción material de la vida (comer, evitar la bala, pagar la extorsión.) La tragedia antropológica de Honduras radica en que la urgencia de comer no deja espacio para el derecho a ser, pues el ser humano es despojado de su dimensión filosófica y reducido a un organismo que, busca desesperadamente mañanas que, no cumplen y, por ende, no prometen nada.
William Gibson solía afirmar que «el futuro ya está aquí, solo que mal distribuido.» Y en esta Honduras, se está materializando algo así como la paradoja del cyberpunk de baja tecnología: ciudadanos hiperconectados a algoritmos y redes sociales a través de dispositivos móviles baratos, pero que carecen de acceso a agua potable, salud básica o servicio de alcantarillado.
En este entorno, el fenómeno de las caravanas migrantes surgen como la más alta y máxima manifestación de esta ruptura. Al igual que los miembros de las bandas de motociclistas en Akira, los jóvenes que emprenden la ruta migratoria ejecutan un acto de fuga radical, ya que este, no es solo un desplazamiento geográfico; es un desprendimiento de la patria que los negó, una renuncia a la tierra nutricia porque esta se ha vuelto casi inhóspita.
En la película, el arco de Tetsuo Shima es un estudio profundo sobre la psicología del resentimiento y el trauma intergeneracional, pues es un joven humillado, invisibilizado y marginado por la estructura social, por su propio entorno y es el descubrimiento de su poder psíquico lo que no lo libera, por el contrario lo corrompe, pues su cuerpo empieza a mutar de forma grotesca, devorando todo a su paso en un grito de dolor impotente como el de los jóvenes hondureños.
Y es en esa misma juventud hondureña, que a falta de horizontes, genera una respuesta psíquica y análoga que se bifurca en dos caminos, la mutación violenta, es decir, cuando el estatus niega de manera sistemática el reconocimiento y la dignidad, el poder ilegítimo (el crimen organizado, las maras, el narcotráfico) que se convierte en el único catalizador de identidad y después, tenemos el arma y el control territorial que operan como la mutación de Tetsuo, una prótesis de poder destructivo surgida del desprecio acumulado que va llevando a una somatización del trauma y de la violencia estructural que de manera permanente, genera altos índices de distimia, ansiedad colectiva y neurosis de guerra en poblaciones que jamás han vivido en paz (como la nuestra.) El cuerpo social, somatiza entonces el encierro y lo convierte en una rabia contenida ante la impunidad de las élites que se traduce en una autodestrucción comunitaria.
En el filme, la administración de Neo-Tokio se debate entre un consejo infame de políticos tecnócratas obsesionados con sostener la simulación del orden para los Juegos Olímpicos y la fuerza bruta del aparato militar. Este esquema biopolítico —en términos de Michel Foucault y Achille Mbembe— describe con precisión la gobernanza en Honduras, enriquecido por dos vectores distópicos claves y el primero es la mutación del enclave o lo que hoy son Las ZEDE como un territorio cyberpunk. Si en Akira los militares y científicos experimentan en zonas de exclusión blindadas fuera del alcance de la ley civil, en Honduras esta dinámica tomó forma a través de esas Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE.) Que representan la materialización de la distopía neoclásica o la fragmentación de territorios cedidos al capital corporativo privado con tribunales, policías y regímenes fiscales propios, esta es la versión centroamericana del archipiélago corporativo cyberpunk, donde la soberanía nacional es parcelada y vendida al mejor postor, mientras la población local queda reducida a mano de obra barata, precarizada y desechable.
Al igual que en Akira, el Estado hondureño ha operado bajo la premisa de dejar morir a los sectores no funcionales para la acumulación de capital, respondiendo a la crisis social mediante la militarización, represión de la sociedad y la criminalización de la protesta. Paralelamente a esto, y como ocurre en las calles de Neo-Tokio con los cultos místico-fanáticos que adoran a Akira esperando una salvación cósmica que justifique su miseria, en Honduras se observa la instrumentalización del neopentecostalismo político y el neoconservadurismo. Es decir, la élite política y económica promoviendo un «dopaje teológico» encarnado en un discurso mesiánico que despolitiza el sufrimiento, transforma la desigualdad socioeconómica en una «prueba de fe» y sustituye la organización comunitaria por la resignación mística ante la injusticia social.
El desenlace de Akira es tan trágico como instructivo, pues Tetsuo pierde por completo el control de su propia materia; su cuerpo se hipertrofia hasta tragar la infraestructura y colapsar la metrópoli en una explosión catártica dejando la ciudad arrasada, no por un enemigo externo, sino por la incapacidad de su propio sistema para contener la fuerza de lo que reprimió. Y nuestra Honduras bordea un umbral similar, que parece ser, consiste en seguir administrando la miseria, profundizando la dependencia extractiva, enclavista, y condenando a las mayorías a la encrucijada del desarraigo y la desnutrición, que es una fórmula insostenible para el país que, a decir verdad, no puede refundarse sobre las mismas bases de colonialidad, militarismo y alienación que provocaron su fractura.
Sin embargo, en los fotogramas finales de la película, entre los escombros humeantes de aquella ciudad destruida, los sobrevivientes miran hacia el horizonte, y ante ellos está la destrucción del viejo orden colonial y corporativo, y aunque dolorosa, parece ser la única condición que permite la posibilidad de algo enteramente nuevo. Y quizá para Honduras, ese horizonte no vendrá de la iluminación mística, ni de un mesías político, sino de los sujetos históricos de resistencia, es decir, las comunidades indígenas y garífunas que defienden el territorio, las redes feministas, los movimientos estudiantiles y la memoria popular que se niega a ser borrada. Esto es creo yo, la construcción que nos queda desde esas raíces pisoteadas, pero aún vivas y, en donde la dignidad humana todavía, puede dejar de ser un espejismo y convertirse, al fin, en la piedra angular de una nueva historia.

Omar Cruz
Estudiante de la carrera de Periodismo y Antropología de la UNAH.
Escritor de textos y cuentos para revistas literarias