(Plática compartida con organizaciones del Aguán, en la conmemoración de los 28 años del asesinato de Carlos Escaleras. P. Melo)
Juan López escribió de Carlos Escaleras a los 24 años de su asesinato lo siguiente:
“Cómo no vamos a agradecer al señor que nos ha hablado en esta ocasión, si un día como hoy nos abrazó, jugo con nosotros, nos enseñó el camino del amor, nos exigió responsabilidad para defender la tierra, el agua, el ambiente, los territorios, la administración pública, Dios pasó y sigue pasando por aquí en la persona de Carlos Escaleras.
Le agradecemos al señor porque en Carlos nos dejó un gran testimonio que narran sus amigas y amigos «en Carlos se unía lo eclesial, lo social, lo político» desde el barrio los Laureles nos trasmite su testimonio de vida eclesial parroquial, desde el Sindicato de Trabajadores de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica (STENEE) nos entrega su testimonio de lucha social, y desde el partido Unificación Democrática (UD) nos entrega su testimonio de militancia política. Murió siendo coordinador de la Coordinadora de Organizaciones Populares del Aguan (COPA)que debía ser grande, fuerte, recuerdan sus compañeros.
¡Cómo no agradecer al señor, si ahora su ejemplo sigue vivo y firme en las mujeres, los hombres, las comunidades que se unen y luchan por la tierra, en las empresas asociativas, desafiando la estructura terrateniente y agroindustrial del capitalismo, en los sindicatos que defienden derechos laborales de su membresía, en las comunidades que defienden el parque Nacional Montaña Botaderos, los ríos San Pedro y Guapinol!
Le agradecemos al señor porque lo encontramos encarcelado en la persona de los compañeros de Guapinol y sector San Pedro. Estas luchas de liberación padecen tortura judicial, criminalización, judicialización, encarcelamiento, pero no pueden aniquilar la fuerza del amor que subyace a las batallas que la gente está librando.
Agradecemos al señor que cautivó a Carlos y nos enseñó que el amor es más potente que los arsenales nucleares. Un día Carlos recogió una familia en el parque central, la llevó a su casa bajo el asombro de la familia, le dio comida, ropa y la cama. Eso se llama misericordia, el acto más pleno de un ser humano. Recogía a los bolos en la calle y los llevaba a la barbería, luego al grupo de alcohólicos anónimos, y disfrutaba mirar cómo se regeneraban las personas. Carlos nos enseña que las luchas han de ser integrales.
Estar agradecidos en este aniversario del martirio de Carlos, es un acto memorial para retomar fuerzas y asumir el camino y la lucha que el abrazó.”
Esto lo escribió Juan López en 2021, menos de tres años antes de que a él lo mataran con la misma frialdad y a sueldo de sicarios, y a los dos por la misma razón: haber sido testaduros en la defensa de lo que ellos creían profundamente, no obstante que todos los signos indicaban que los matarían.
Estas dos personas no fueron seres extraterrestres, ni tenían cualidades humanas que los separara de los demás. Eran uno más dentro del tumulto de seres humanos. Eran uno de tantos. Su mayor distinción fue haber vivido intensamente su humanidad y haberla puesto al servicio de la dignificación de los seres humanos, hasta que sus amigos más cercanos se sintieran orgullosos para siempre de haberlos tenido entre ellos. Su distinción no estaba en lo externo de sus vidas, ni en su físico ni en sus lenguas o costumbres. Fueron seres comunes y corrientes.
Tenían una vivienda como el común de los mortales luchadores; usaban zapatos, camisas y pantalones como el común de los campesinos y pobladores de un barrio o colonia popular; se ganaban la vida como el común de los mortales, con sus horas de trabajo y sus esfuerzos cotidianos para hacerse de lo necesario para ponerlo al servicio de su familia; se transportaban como el común de los mortales, en bus, en bicicleta o en un medio destartalado carro de tercera o de quinta; participaban y expresaban su fe como el común de los creyentes, celebraban la palabra en su barrio o colonia, en su capilla, seguramente no conocieron una gran catedral, pero seguro nunca celebraron la palabra en un púlpito de lujo; formaron parte de organizaciones sociales de base, en sindicatos y en instancias de lucha junto con los luchadores comunes y sencillos.
Los dos se divertían como el común de los mortales, les gustaban las rancheras y los boleros, bailaron al son de las cumbias y los merengues, se echaron sus tapirulazos en austeras parrandas entre amigos y amigas. Como el común de los mortales, tenían su familia a la cual amaban. En esto, como en todo, eran almas gemelas, amaban a sus esposas, cada uno a su manera, y daban la vida por sus hijos e hijas, al modo como lo hacen los padres suficientemente responsables. Como el común de los mortales, pasaban sus penurias económicas, vivían de su sueldo o de sus chapuzas, nunca fueron mantenidos, y con sus jaranas eran responsables, sabían pagar sus préstamos a tiempo, aunque vivían ajustados.
Contaban con el apoyo de su familia, tanto Thelma como Marta supieron llevar la parte de carga que correspondía por el trabajo y la lucha de sus esposos, y supieron cargar sobre todo con las consecuencias de una vida austera y apretada económicamente. Y fueron muy solidarias con sus compañeros. Algunas veces exigieron y reclamaron justamente la ausencia del compañero, y demandaron una presencia más continua. Las dos tuvieron estas dificultades, normales para hogares que sabían que no tenían a un esposo o padre que estuviera todos los días y todas las noches con ellos. Y al final del camino estas familias cargaron con las consecuencias del fin cruento de la vida de esos dos hombres comunes y corrientes.
Los dos fueron del “pueblo llano, municipal y espeso”. Pero vivieron esa pertenencia con tanta identidad e intensidad que rompieron todas las barreras del común de los mortales, sin dejar de ser uno de tantos. Los dos se entregaron hasta el final de sus días con convicción sin perder nunca su identidad y su sencillez. Nadie los vio treparse, ninguno de los dos fueron trampolineros, o que se encaramaran en la organización para buscar privilegios. Eso sí, los dos se esmeraron en formarse y desarrollar sus capacidades humanas, intelectuales y espirituales. Carlos leía todo cuanto llegara a sus manos, por eso participó de un proceso histórico que lo llevó de ser un estudiante común y corriente a ser dirigente estudiantil, de ser miembro de un sindicato a ser dirigente sindical, de ser un hombre con conciencia ambiental a ser dirigente ambientalista, de ser un miembro activo de un partido político a ser dirigente y candidato a la alcaldía por un partido político. Así fue también Juan López, siempre andaba con su libro bajo el brazo y su computadora lista para escribir en ella sus pensamientos, así como los iba hilvanando; desde bajarse del cerro para estudiar hasta avanzar en sus estudios académicos, con su formación de experto autodidacta, hasta distinguirse como dirigente de su pueblo en todos los ámbitos posibles. Pero nunca treparon. Se formaron para servir y arriesgarse. Hasta que a los dos los asesinaron, porque fueron estorbo, incómodos, hasta volverse insoportables.
Teniendo cualidades como el común de los mortales, desarrollaron esas capacidades hasta distinguirse del común de los mortales. Fueron tan profundamente humanos que al final, nos hicieron más humanos desde la entrega hasta el final de su humanidad, desde aquello que dice el poeta: “Si he de ser, he de ser de los demás, los demás que no son si yo no existo, los demás que me dan plena existencia”. El drama humano es que buscamos ser más humanos que los demás a través de trepar, de subir, de hacer trampolines para ir más arriba que los demás. Juan y Carlos rompieron con ese molde, porque fueron más comunes cuanto más humanos y sencillos eran en su entrega.
Los trampolines se hicieron para eso, para trepar. En un país con desigualdades estructurales, las personas auto calificadas de triunfadoras suelen lograrlo encaramándose en los demás. Por eso, la soberbia es todavía más insultantes en sociedades que niegan oportunidades a las mayorías. Porque cada quien que trepa sin los demás, es porque lo ha hecho a costa de los demás, y no puede así ejercer liderazgos sino es con soberbia y mirando a mucha gente de arriba hacia abaja, por encima de lo hombre de la gente que nunca tuvo oportunidades. Juan y Carlos nos dejaron como legado esa capacidad de elevar sus voces y encarar a los de arriba, sin necesidad de estar arriba.
Los trampolineros son todos aquellos que saliendo de la base, de comunidades campesinas o de barrios populares, se integran a las organizaciones y aprovechan puestos para trepar. Estudian y aprovechan los estudios para trepar y subir hasta donde están seguros de no bajar nunca más, aunque sigan con su lenguaje popular. Pero desde arriba. Esa lógica de los trampolines, que conlleva trepar para ver el mundo desde muy arriba, es la misma lógica de arrastrarse. Quien trepa un trampolín y se desclasa es porque se ha arrastrado hasta someterse a algún tipo de poder, o diversos poderes, sean sindicales, partidarios, ongs, empresariales o académicos. Juan y Carlos vencieron todas estas tentaciones. Se formaron para servir desde sus propias realidades.
Pudiendo y teniendo oportunidad para hacerlo, Juan y Carlos mandaron al carajo los trampolines. No los ocuparon, se han elevado ante nosotros porque nunca dejaron de estar abajo. Se han hecho grandes ante nuestra historia porque mantuvieron su pequeñez entre su gente. Los encontraban en el barrio, en la colonia, en la capilla, en las reuniones y asambleas de base, y su palabra se elevaba cuando debían estar ante autoridades que en efecto se habían trepado a trampolines. Se dignificaron y nos dignificaron porque nunca salieron de su realidad, siempre fueron del tumulto. Buscaron dignificar a todo mundo, y en esa lucha por la dignificación, alcanzaron ellos su propia dignificación, la cual culminó con el reguero de su propia sangre. Y por eso, van delante de nosotros, nos toca seguirlos, porque nosotros los veneramos como nuestros mártires.
Lo que quiero decir es que no tenemos que ser extraterrestres para ser como Carlos y como Juan. Toda la gente común y corriente podemos ser como Juan y como Carlos. Basta que seamos nosotros mismos. Basta que valoremos lo que somos y tenemos, y dejemos de mirarnos a nosotros mismos, y vernos en los demás, para ser hoy como Carlos y Juan. Lo contrario para no ser como Juan y Carlos, es querer ser distinto a lo que somos y buscar fuera de nosotros nuestra identidad y fuerzas. La tendencia humana es a huir de lo que somos, escapar a nuestra condición humana, a intoxicarnos con otras realidades y aspiraciones. Juan y Carlos encararon su propia condición humana y la vivieron en intensidad.
Esto que estoy diciendo es, desde el dato de la fe cristiana, el misterio de la encarnación. “Y acaso no conocemos a ese hombre? ¿Acaso su papá no es un carpintero y su mamá no es una vendedora del mercado? ¿Acaso no conocemos donde vive y a lo que se dedica? ¿No es acaso un sindicalista y se hace pasar como defensor del ambiente? ¿Y no es un pinche indio lenca igualado?” Hay una tendencia nuestra a querer igualarnos con los de arriba, y los de arriba nunca nos van aceptar como de ellos, siempre nos dirán igualados.
Para ser como Juan y Carlos hemos de ser igualados a nosotros mismos, nunca querer igualarnos con otros sectores que no sean los nuestros. Mientras unos buscan trampolines para trepar, el misterio de la encarnación nos convoca a abajarnos, y aquí es donde está la diferencia entre lo divino encarnado y nosotros cuando nos desencarnamos: mientras Dios baja y baja hasta las bajuras más profundas, nosotros nos cruzamos con Dios porque vamos trepando y trepando. Carlos y Juan vivieron a tope el misterio de la encarnación porque nunca dejaron de abajarse. Y por eso los mataron. Y si el misterio de la encarnación nos recuerda que la humanidad es portadora de lo divino, entonces hemos de convencernos de que es aquí, entre nosotros, en donde hemos de vivir a tope para vivir y celebrar nuestra fe. Juan y Carlos fueron por eso–y esa es nuestra confesión– el misterio salvífico de Dios encarnado en la realidad hondureña en general y del Aguán en particular. En virtud del misterio de la encarnación y por el reguero de toda su sangre derramada como testimonio de su compromiso, a ellos lo confesamos hoy como mártires de la justicia y de la Casa Común.

Ismael Moreno, SJ (Melo)