Trump ha declarado la guerra contra lo que él llama el terrorismo y la lucha contra la droga. Internamente esa guerra la expresa Trump en su tenaz y feroz lucha en contra de las poblaciones migrantes. Y en estas guerras, las decisiones sin límites de ese personaje siniestro y salvaje, buscan implantar el imperio en todos los rincones de la tierra, dejando claro que aquello de América para los americanos se ha convertido en el planeta para los súper ricos estadunidenses.
Es una guerra imperial cuyo único límite es la perversa mente de Trump como emperador planetario. Y esa mente está en franca alianza con la mente criminal de Netanyahu, para quien su objetivo es muy claro; el control y sometimiento de todo el oriente medio, y desde ese control extender su poderío imperial para apoderarse del petróleo y otras riquezas en el marco del reparto de los recursos con Estados Unidos. Son guerras de reparto de botines, sin importar el reguero de sangre y dolor, a lo que Trump y Netanyahu apenas llaman daños colaterales.
Trump va provocando guerras y muertes sobre la base de ellos son los buenos, los demás son malos, con un maniqueísmo simple, los demócratas en contra de los comunistas y terroristas, la democracia en contra de la izquierda. Una guerra que Trump ha prometido de grandes consecuencias y de largo alcance. Por eso llama a todos contra el comunismo y terrorismo, es la consigna en estos tiempos de angustias sin fin. Nadie debe ser neutral, ni Dios, porque según Trump y su aliado Netanyahu, Dios está con Estados Unidos.
Como Iglesia no estamos ni podemos estar con el terrorismo del Estado sionista de Israel, ni podemos estar con el terrorismo y represión fanática de l gobierno iraní. Como Iglesia no podemos caer en el simplismo hipócrita de la política de Trump, quien puesto en marcha todos los dispositivos para la guerra. Tiene todo listo para una guerra a gran escala mundial. Y ha consolidado sus alianzas con Israel, algunos gobiernos europeos y tiene de rodilla a un buen número de gobiernos de América Latina, el Caribe y Canadá. La causa para la guerra está más que de sobra: el control geopolítico y geo económico, ejerciendo hegemonía para no dejarse arrebatar la supremacía que hoy está en disputa y en duda ante la emergencia del gran gigante de China.
Sólo falta un detalle: el enemigo. El enemigo no son los rusos ni China, no son ni los árabes ni el gobierno de Cuba. El enemigo somos todos nosotros, los pueblos pobres y oprimidos de todo el planeta. El enemigo no es el terrorismo ni es el narcotráfico. Todos esos son nombres que ocultan al auténtico enemigo de Trump y sus aliados. Trump va en camino a destruirnos como pueblos pobres del planeta. Ya lo hace con la persecución y deportación de las poblaciones migrantes, pero todo pueblo que se oponga está destinado a ser exterminado de la faz de la tierra.
Es triste ver que en países latinoamericanos, como es el caso de Honduras, sus gobiernos buscan emular la práctica exterminadora de Trump. Y lo alaban y se arrodillan ante sus mandatos, y ponen en marcha medidas de control de la economía y se preparan para perseguir a toda oposición que pongan en cuestión la política imperial dentro de nuestros territorios. No importa que las demandas de estas personas o grupos sean por salarios justos, protestar por despidos arbitrarios o por la aplicación recta de la justicia en casos de corrupción de funcionarios públicos.
Como Iglesia no tengamos miedo de decirle No a las políticas de guerras y exterminios de Trump y sus perversos aliados. Nos guía el Evangelio que nos recuerda que son bienaventurados los que luchan por la paz porque serán reconocidos como hijos de Dios. Esta es nuestra divisa, no nacimos para las guerras, hemos nacido para ser constructores perpetuos de ambientes de paz con justicia y dignidad.