

El largo camino para construir democracia
Hablar de democracia en nuestro país exige, antes que nada, una profunda honestidad. Es de ingenuos o de hipócritas llamar democracia plena a un sistema atrapado por una vieja cultura de caudillos, por partidos políticos profundamente antidemocráticos y por procesos electorales que, cada cuatro años, convocan a votar por candidatos elegidos de antemano por pequeños grupos de poder.
La democracia, tal como ha funcionado entre nosotros, ha sido en demasiadas ocasiones una democracia artificial. Una democracia conducida por quienes han respaldado o ejecutado golpes de Estado, por quienes han privatizado bienes y servicios públicos, por quienes persiguen y criminalizan a defensores de los derechos humanos y del ambiente, y por quienes garantizan impunidad a élites que viven del control del Estado y de la corrupción.
Las elecciones son importantes, sin duda, pero no pueden ser el único criterio para medir la vida democrática de una nación. Porque si el pueblo solo participa el día de las elecciones, mientras las grandes decisiones se toman a puertas cerradas, entonces no estamos frente a una democracia verdadera, sino frente a una representación vacía, diseñada para excluir a las mayorías y proteger privilegios.
El largo camino para construir democracia pasa inevitablemente por el surgimiento y consolidación de un nuevo liderazgo desde el movimiento social. Un liderazgo capaz de enlazar, articular y fortalecer a las distintas organizaciones sociales y populares; un liderazgo que no reproduzca el caudillismo, sino que lo enfrente; que no concentre poder, sino que lo distribuya y lo delegue; que no hable en nombre del pueblo sin escucharlo, sino que construya con el pueblo.
La democracia que necesitamos debe construirse desde abajo. Debe nacer en las comunidades, en los barrios, en las organizaciones gremiales y de pobladores, en las organizaciones campesinas, feministas, juveniles, indígenas, afrodescendientes, ambientalistas y de derechos humanos. Debe romper con la cultura de la obediencia y del caudillo, para abrir paso a una cultura de participación, deliberación y decisión colectiva. Desde abajo, pero todas enlazadas.
Esa democracia se expresa en elecciones, sí, pero no se reduce a lo electoral. Es, sobre todo, la participación activa de la sociedad en las principales decisiones nacionales; es la capacidad de los sectores históricamente excluidos y marginados de hacer valer sus demandas, sus derechos y sus aspiraciones. Construir una democracia así no es tarea fácil ni inmediata. Es un camino largo, conflictivo y profundamente transformador.
Pero es también el único camino posible si queremos dejar atrás la farsa democrática y avanzar hacia un país donde el poder no sea privilegio de unos pocos, sino un ejercicio compartido por la ciudadanía

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