

La inevitable encrucijada hondureña
Pasaron más de cuatro décadas de aquel camino emprendido en la búsqueda de la democracia. Pero como el paraíso, la democracia siempre ha estado perdida. Una rápida mirada de conjunto a estas décadas, nos deja el siguiente recuento: todo lo que se ha hecho desde los dirigentes de los partidos políticos ha servido al final para profundizar la violencia, la desigualdad, la corrupción y la exclusión. Y ha consolidado un modelo de economía que ha ensanchado las desigualdades.
Como factor de cohesión social, el Estado colapsó, ha golpeado la soberanía nacional, ha profundizado la desigualdad social y ha dejado en harapos las condiciones de vida de la mayoría de los hondureños y hondureñas. Si preguntamos a la gente qué le agobia en este momento del primer trimestre del año, sin duda que el altísimo costo de la vida. Todo se ha disparado.
Es cierto que la crisis energética desatada tras las guerras en medio oriente, está dejando una severa crisis económica a nivel mundial. Todo se descarga en la espalda de los pobres. Es la crisis energética del medio oriente. Pero es el modelo productor de desigualdades. ¿Cuánto de aumento al salario mínimo está dispuesto a conceder el alto empresariado hondureño?
Las instituciones públicas se han convertido en pesadas e ineficientes cargas burocráticas, con permanentes escándalos de corrupción económica y política que vinculan directamente a altos personajes de las elites, el sistema judicial se ha sostenido como un invariable instrumento al servicio de quienes tienen poder y capital. Han sido más de cuatro décadas de una llamada democracia al servicio de la violación sistemática de los derechos humanos, y al servicio de la explotación infinita de los bienes de la naturaleza.
Aunque formalmente el Estado de Derecho se basa en el principio de que nadie puede estar por encima de la ley, en los hechos lo que sostiene la práctica política del país es esa cultura patrimonial que entiende que el Estado y sus bienes son propiedad de una reducida casta de políticos y empresarios. Y eso es corrupción política.
Hemos llegado a una encrucijada. O se despierta, se organiza y asume el liderazgo un nuevo sujeto político y social que emerja desde las propias realidades de base del país, o avanzamos irremediablemente hacia una imparable inestabilidad e ingobernabilidad en donde la racionalidad será aplastada por la ley del más fuerte, en el marco de una real descomposición social y política.
Los políticos de estas más de cuatro décadas ya no sirven para liderar nada que no sea la descomposición institucional del país. Un cambio de rumbo solo se ha de lograr si en el país se abre paso ese nuevo sujeto político y social que brote de los movimientos sociales enlazados en un proyecto de país articulado desde las demandas de los sectores comunitarios y territoriales.
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