

Misión de la Iglesia en sociedades polarizadas
La Iglesia –fiel a la Palabra de Dios y a su tradición latinoamericana—se entiende a sí misma a partir de la opción preferencial por los pobres. Esta opción quiere decir que en cualquier circunstancia de la vida y de la historia la Iglesia ha de hacer sentir su presencia a favor de las poblaciones indefensas y discriminadas.
Como parte de su dimensión social, la Iglesia ha de acompañar e iluminar desde la fe aquellos esfuerzos de los pobres por organizarse para crecer en identidad y para hacer sentir con fuerza sus demandas por defender sus derechos y luchar por su dignidad.
En este terreno, el servicio privilegiado de la Iglesia deberá situarse en la formación de las comunidades, en la iluminación caminos desde la fe y el espíritu cristiano y ser palabra crítica y cuestionadora ante aquellos dirigentes y organizaciones que en lugar de representar los intereses del bien común acaban utilizando sus puestos y cargos para sus propios intereses.
En su servicio evangelizador, la Iglesia ha de unir la fe con la vida, la palabra con la acción, porque nuestra fe se sustenta en el Dios que se encarna en la humanidad, de manera que la historia, la realidad humana son portadoras de lo divino. En la historia es en donde estamos convocados a descubrir el paso liberador del Señor, porque en ella se juega la vida de las hijas e hijos de Dios.
La Iglesia apuesta por la vida, por toda la vida, pero especialmente por la vida que más está en peligro. Y desde su magisterio, la vida se defiende con la vida, y la vida de las personas está íntimamente vinculada con nuestra Casa Común. Y en esta apuesta se juega también nuestra fe en el Dios de la Vida.
¿De qué Dios estamos hablando cuando estamos defendiendo la vida en resistencia y rebeldía ante los poderes establecidos de este mundo? Que sea San Óscar Romero quien mejor nos ayude con esta respuesta fundamental de nuestra fe, y sus palabras las compartimos textualmente: “Dios es el Dios de nuestro pueblo, el que va con nuestros signos, el que va con nuestras luchas, el que va con nuestro pueblo en sus justas reivindicaciones. Este Dios maravilloso es el Dios que los cristianos hemos seguido adoptando. Este es el Dios de la revelación; no es el dios de los filósofos. Es el Dios que decía Cristo: ‘Padre, te doy gracias porque has revelado estas cosas a los sencillos, a los humildes’.”
