

Vivir la fe desde las fronteras de la periferia
Vivir la fe solamente de manera pasiva es una de las más grandes tentaciones de nuestro tiempo. La vida cristiana es una experiencia de constante desinstalación y compromiso permanente. Por esta razón, en nuestro tiempo es fundamental redescubrir la importancia de ir a las fronteras.
Probablemente la tentación es distraernos para no comprometernos y rehuir a las situaciones difíciles, incluso dejarnos atrapar por diversas ideologías que limitan nuestra visión y el compromiso de asumir proféticamente la opción por los empobrecidos y los insignificantes de nuestra sociedad. O tal vez, divagamos y nos dejamos atrapar por el entretenimiento de las plataformas digitales y las redes sociales. Y dado que estamos en cuaresma, uno de los grandes problemas puede ser evitar la cruz porque no queremos atravesar el miedo que provoca el compromiso de la denuncia pública de la injusticia estructural y las redes de corrupción.
Ir a las fronteras es acercarnos a todas las personas que viven en la periferia, comprometiéndonos con la exigencia de la justicia como expresión de un verdadero amor real con quienes padecen la injusticia. Esto significa que tenemos que nutrirnos con la savia de la espiritualidad y la mística de nuestros mártires como Juan López, Berta Cáceres, Carlos Escaleras, Margarita Murillo, y tantas otras personas que se gastaron insertos en las fronteras de las periferias de nuestro país.
No cabe duda de que también tuvieron su inspiración en aquel judío marginal que cambió la historia de la humanidad. Jesús de Nazaret quien vivió, creció y se comprometió desde la periferia para cambiar tantas vidas de los empobrecidos, enfermos, pecadores, abierto a todas las culturas de su tiempo y en diálogo con todas las personas que encontró en su camino.
Al modo de Jesús de Nazaret, podemos ser solidarios con aquellos que sufren, y de manera particular, con los migrantes y refugiados, promoviendo modelos alternativos de cooperación y solidaridad, en un mundo en el que se prioriza el capital por sobre la dignidad humana.
Ir a las fronteras es atrevernos a acompañar a los jóvenes en sus búsquedas, construyendo con ellos horizontes de esperanza en un mundo roto en el que no hay oportunidades ni espacios para multiplicar sus talentos y su gran riqueza humana.
Y, además, ir a las fronteras con espiritualidad y mística es tener la osadía de vivir una conversión ecológica, que renueve la relación entre la humanidad, Dios y la creación. Cuidar y proteger nuestra casa común es un gran compromiso de vivir en las fronteras en nuestro país constantemente amenazado por las inversiones mineras, los megaproyectos turísticos y la destrucción ecológica.
Atrevámonos a ir a las fronteras cultivando nuestra fe comprometidamente con la justicia para nuestro pueblo.
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