Pase, que aquí hay una tortilla y un café. Así recibe doña Trina a cada persona que llega a su casa. Venga, venga, aquí hay una silla para que se siente, dice sonriente don Isaías, su compañero de vida. Dos personas humildes, campesinas, marcadas por años de experiencias y un lazo de amor profundamente presente.

Su hogar, construido de madera y cubierto con un zinc ya desgastado, es obra de las manos carpinteras de don Isaías. En su amplio patio, siempre listo para recibir a quien llegue, espera un cafecito de palo y una hamaca para descansar. En la mesa nunca falta un encurtido preparado con ingredientes cosechados con sus propias manos: chiles chiltepes, pacayas, cebolla, culantro ancho, entre otros.

Ellos viven en San José Nombre de Dios, una aldea ubicada en la cordillera Nombre de Dios, en un pequeño caserío de apenas una veintena de hogares. El lugar está a una hora y media de camino desde la carretera pavimentada, en el municipio de Tela, Honduras. El trayecto es difícil: solo se puede subir a pie o a caballo, y en tiempos de lluvia el barro rojo complica aún más la llegada, pero entre caídas, risas y un poco de lodo se llega al lugar de destino.

Ese gesto de acogida y hospitalidad evoca el verdadero mensaje de hermandad, un mensaje que resuena con fuerza en estos tiempos de ruidos electoreros, de Trumpismo, apariencias y soledades. Tiempos en los que las prisas y el individualismo nos hacen pasar por alto al otro, a la otra. En comunidades como esta se manifiesta la verdadera humanidad.

Haciendo memoria de Ignacio Ellacuría, fue un ejemplo claro de coherencia entre su pensamiento y sus hechos. Su vida reflejó fidelidad a sus convicciones. Seguramente, sería un admirador de estos campesinos. En un país tan desigual como el nuestro, donde la mayoría sobrevive en condiciones de miseria, lo que hace falta son más gestos de humanidad, sin olvidar por qué Honduras es cada vez un país más empobrecido: los enormes índices de corrupción y las pocas oportunidades.

Personas como don Isaías y doña Trina encarnan el verdadero sentido de la vida y de la felicidad. Viven en paz, construyen esperanzas y hacen un mundo más humano. Cultivan gran parte de lo que se alimentan: limones, naranjas, hojas de pito, café, pacayas, berros y, de vez en cuando, zanahorias y repollo, frijoles. Don Isaías, amante de las flores, siempre está sembrándolas, no solo para embellecer el lugar, sino también para disfrutar de su olor y de alimentar a las abejas.

Esta familia es muy cercana a la iglesia y tiene una fe sencilla pero profunda, que los impulsa a recibir a quien necesite un lugar donde estar, en un tiempo donde la espiritualidad suele mercantilizarse.

Ellos tienen claro que la vida no gira en torno al antropocentrismo, sino al biocentrismo. ¿Y qué quieren decir estas dos palabras refinadas? El antropocentrismo es aquella visión del mundo que coloca al ser humano como el centro absoluto de todo, priorizando sus necesidades y deseos por encima de cualquier otra forma de vida o realidad. Según esta perspectiva, todo lo demás (la naturaleza, los animales, los ecosistemas) existe para ser explotado o utilizado por los humanos. Por otra parte, el biocentrismo hace referencia a una forma de ver y entender el mundo donde se le da un valor central a la vida en todas sus formas, no solo a los seres humanos. Esto significa que todos los seres vivos animales, plantas, microorganismo tienen un valor inherente y merecen respeto y consideración, independientemente de su utilidad para las personas. Como bien dice Leonardo Boff, lo central en la vida son todos los seres vivos: el mono, el pizote, los árboles, la tierra, el agua y el ser humano, etc. No solo los seres humanos, como nos enseñó la cultura occidental.

Don Isaías y doña Trina comprenden profundamente la interdependencia de todos los seres en este planeta. En otras palabras, que todos tenemos un rol en el ciclo de la vida. Han trascendido la lógica de la competencia, esa que se rige por el gana-pierde y enfrenta a las personas y empresas. En su lugar, practican la lógica de la cooperación, del gana -gana, que une y fortalece la solidaridad entre todos. Popularmente se dice o todos en la cama o todos en el suelo. Esta familia también promueve la organización comunitaria mediante el cultivo colectivo de frutas y verduras en colaboración con otros productores, siempre con un enfoque en el cuidado de la tierra y los bienes comunes.

En estos tiempos, no debemos olvidar que las tortillas, el café, el chocolate, la baleada deben ser espacios de encuentro, momentos para conversar, divertirnos y aprender. Sin embargo, con el tiempo, estas prácticas corren el riesgo de perderse.

En un mundo donde los principios de competencia y acumulación parecen dominar, don Isaías y doña Trina nos muestran otra forma de vivir: una basada en la cooperación y en la lógica del gana-gana. Desde su aldea, nos enseñan que la felicidad no está en el tener, sino en el ser y en el compartir. Su ejemplo nos invita a reflexionar sobre cómo podemos recuperar nuestra humanidad en medio del ruido, la prisa y las soledades modernas. ¿Cómo podemos, desde nuestras ciudades y rutinas, recuperar estas formas de vivir más humanas y solidarias?

Quizá la respuesta esté en volver a lo esencial: a la tierra, a la milpa, al otro y la otra, al café, a la tortilla y a la hamaca compartida.


Jairo Bautista

Estudiante de Sociología y promotor social en el ERIC-SJ