En una de las ciudades más movidas por el turismo, Roma, Italia, está inserto el Vaticano, la ciudad-Estado más pequeña del mundo y sede de la máxima institución de la Iglesia Católica.

Desde la muerte del papa Francisco, el pasado 21 de abril, el Vaticano ha recibido a miles de feligreses, turistas y personas afines a la Iglesia que él promovió durante su pontificado. Con una plaza de San Pedro atiborrada de personas, se percibe la solemnidad de uno de los eventos más trascendentales de la Iglesia Católica: el Cónclave.

El Colegio Cardenalicio se prepara con discreción. Actualmente, 135 cardenales menores de 80 años estarían en condiciones de votar, conforme a la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II en 1996 y modificada por el motu proprio (decreto) de Benedicto XVI, Normas nonnullas, en 2013. Sin embargo, dos cardenales se han dado de baja por razones de salud, lo que reduce a 133 purpurados la decisión sobre el próximo Pontífice.

El cónclave, cuyo nombre proviene del latín cum clave (bajo llave), es un proceso altamente ritualizado y hermético. Se celebra en la Capilla Sixtina, donde los cardenales electores se encierran sin contacto con el exterior hasta alcanzar un consenso. La palabra “consenso”, en este contexto, no significa unanimidad, sino una mayoría calificada de dos tercios de los votos, es decir, 86.

El proceso

La elección comienza con el llamado interregnum, el período de sede vacante. Durante este tiempo, las funciones administrativas de la Iglesia pasan al camarlengo, actualmente el cardenal irlandés Kevin Farrell, quien supervisa los preparativos logísticos y asegura el resguardo de los aposentos papales y del anillo del Pescador, que se destruye simbólicamente tras la muerte del papa.

Uno de los personajes clave en este proceso es el decano del Colegio Cardenalicio, actualmente el cardenal italiano Giovanni Battista Re. Aunque, por edad, no votará, le corresponde presidir las congregaciones generales y, durante el cónclave, guiar espiritualmente a los cardenales con una meditación inicial que pone en perspectiva la gravedad del momento y los desafíos de la Iglesia. El decano también pregunta, en su momento, al cardenal electo si acepta su elección y cómo desea ser llamado.

Por su parte, el protodiácono, recién designado, el cardenal francés Dominique Mamberti, de ascendencia marroquí, tiene la misión de anunciar al mundo la elección del nuevo papa desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, pronunciando el célebre Habemus Papam. Esta fórmula, proclamada en latín, da a conocer el nombre civil del nuevo Pontífice y el nombre que ha elegido como Sucesor de Pedro, sellando así el momento más esperado del proceso.

Los cardenales se congregan en Roma, donde celebran una serie de reuniones llamadas congregaciones generales, en las cuales se discute la situación actual de la Iglesia, sus desafíos pastorales y las cualidades necesarias del nuevo papa. Aunque no se permiten campañas ni promesas, es en estas sesiones donde se empieza a perfilar la figura del próximo pontífice.

En estas congregaciones, además de los cardenales, se cuenta con la participación de obispos, sacerdotes, religiosos y expertos académicos en diversas disciplinas. Son espacios de profundo discernimiento, en los que se reflexiona sobre el estado del mundo, los desafíos espirituales y sociales, y los caminos por los que debe avanzar la Iglesia. Allí se evalúan también los legados del pontificado saliente —en este caso, el énfasis de Francisco en la sinodalidad, la reforma de la Curia, la opción preferencial por los pobres, la ecología integral y el diálogo interreligioso—, con el objetivo de identificar el perfil del pastor que mejor pueda continuar o reinterpretar esa visión.

El próximo 6 de mayo, en una procesión solemne que recorre los pasillos del Vaticano, los purpurados se trasladarán a la Capilla Sixtina. Tras la fórmula ritual “¡Extra omnes!” (¡fuera todos!), el maestro de ceremonias cerrará las puertas, dando inicio oficial al cónclave. Desde ese momento, los cardenales vivirán bajo estrictas condiciones de aislamiento, sin teléfonos ni acceso a medios.

La votación se realiza hasta cuatro veces al día —dos por la mañana y dos por la tarde— y se mantiene en secreto. Cada elector escribe el nombre del candidato en una papeleta, que luego deposita en un cáliz de bronce. Tras cada ronda, los votos se recogen y se queman junto con sustancias químicas específicas que generan la tradicional señal de humo. Para producir la fumata nera (humo negro), se utiliza una mezcla que incluye perclorato de potasio, antraceno y azufre, lo que indica que no ha habido elección. En cambio, para generar la fumata bianca (humo blanco), que señala que se ha alcanzado un consenso, se quema lactosa con clorato de potasio, lo cual produce una columna densa y blanca, acompañada por el repique de las campanas de San Pedro.

El cónclave global

Este cónclave ha sido denominado por muchos como un “cónclave global”. No solo por la cobertura mediática sin precedentes o el interés transversal en todo el mundo, sino también porque los cardenales electores provienen de los cinco continentes: 53 cardenales europeos; 37 americanos; 23 asiáticos; 18 africanos; y 4 oceánicos, que representan a 71 países, incluyendo por primera vez a naciones como Haití, Cabo Verde, Papúa Nueva Guinea, Suecia, Luxemburgo y Sudán del Sur.

A diferencia de los cónclaves medievales, donde la mayoría de los cardenales eran italianos o europeos occidentales, hoy la diversidad cultural y pastoral del Colegio Cardenalicio refleja una Iglesia universal. Esta globalidad también sugiere algunas reflexiones al pensar en el próximo Papa: ¿debería provenir del Sur Global? ¿Hablar los lenguajes de la pobreza, la migración y el cambio climático? ¿Estar más cerca de las periferias?

¿Qué se espera del próximo cónclave?

Aunque en las afueras del Vaticano se maneja el refrán “quien entra papa, sale cardenal”, los medios de comunicación hablan de favoritos. Se mencionan nombres como el cardenal Matteo Zuppi, de Italia, conocido por su cercanía a los pobres y su labor en procesos de paz; el filipino Luis Antonio Tagle, carismático y con fuerte arraigo en Asia; o incluso el cardenal africano Peter Turkson, quien encarnaría un giro histórico hacia el hemisferio sur.

Lo cierto es que el próximo Papa heredará una Iglesia marcada por tensiones internas entre conservadores y progresistas, una creciente secularización en Europa y el desafío de seguir reformando la Curia romana conforme a la visión sinodal de Francisco.

Durante los 12 años de pontificado de Francisco, el primer latinoamericano y jesuita en convertirse en jefe del Estado del Vaticano, supo encarnar las cuatro Preferencias Apostólicas Universales de la Compañía de Jesús: mostrar el camino hacia Dios mediante los Ejercicios Espirituales y el discernimiento; caminar junto a los pobres y descartados del mundo; acompañar a los jóvenes en la construcción de un futuro esperanzador; y cuidar de la Casa Común.

Muchos feligreses y religiosos consideran que el próximo Papa debería mantener este horizonte espiritual y práctico, profundizando en una Iglesia en salida, compasiva y comprometida con las grandes temáticas y desafíos de la humanidad.

Mientras tanto, el mundo observa al Vaticano con muchas expectativas. En el corazón del catolicismo, todo está preparándose para uno de los rituales más antiguos y enigmáticos: la elección del sucesor de Pedro.