

En tiempos de oscuridad: encender luces desde las periferias
Vivimos un tiempo de profunda oscuridad internacional. Es la consolidación de un orden mundial en el que el poder se concentra cada vez más en reducidas élites económicas, tecnológicas y geopolíticas, todas ellas articuladas con proyectos de extrema derecha. Parece que es el tiempo de los nuevos ídolos, líderes que emergen de la droga, la corrupción, la demagogia y la mentira.
Para estas fuerzas, las personas son valoradas según su utilidad para el mercado, mientras los bienes de la naturaleza son tratados como mercancías. La política así, ha perdido su vocación de servicio al bien común y ha quedado subordinada a intereses corporativos y financieros. Es la política de los barones del crimen.
En los países, se debilita la soberanía, se vacía la democracia y se afianzan formas de exclusión, represión y dominio. En las organizaciones sociales y comunitarias, crecen la fragmentación, la precariedad y el desgaste. En las personas, este contexto produce miedo, encierro, silencio y desesperanza. La depresión y la angustia que atraviesan a tantas poblaciones no son solo experiencias individuales: son también efectos de un sistema que rompe vínculos, precariza la existencia y destruye horizontes de futuro.
Además de por la fuerza y la intimidación, la dominación opera por el control de la imaginación. Los pueblos son empujados a creer que la desigualdad es natural, que el poder de las élites es inevitable y que toda resistencia es inútil. Por eso, la oscuridad se vuelve más profunda, porque el sistema explota hasta dar a la gente una falsa esperanza, hasta hacer creer que los Trump los MIlei, los Bukele y los Johs representan respuestas a las penurias y esperanzas.
Ninguna solución real puede venir de las mismas élites productoras de estas oscuridades. Las respuestas tendrán que surgir desde otros lugares: desde las periferias humanas, sociales, políticas, culturales y espirituales. Frente al contexto oscuro que atraviesa el mundo, la respuesta no puede ser resignación ni espera pasiva. La tarea histórica consiste en reconstruir vínculos, fortalecer procesos organizativos y reabrir horizontes éticos, políticos y espirituales desde abajo. Solo así podrá nacer una esperanza capaz no solo de denunciar la oscuridad, sino en desenmascarar a los ídolos del falso brillo del capital. Toca entonces comenzar a encender, en medio de esa oscuridad, pequeñas y persistentes luces de humanidad. Como nos recuerda Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

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