

Garífunas
El pueblo garífuna llegó a las costas hondureñas mucho antes de que Honduras existiera como República y como Estado nación. Su presencia en este territorio no es una concesión de la historia reciente, sino una raíz profunda sembrada en la memoria del Caribe y en la dignidad de los pueblos que han resistido al despojo.
Sin embargo, después de más de dos siglos de vida, trabajo y cultura a lo largo de la costa atlántica, hoy su existencia misma se encuentra amenazada. Una reducida élite, amparada en su control sobre las instituciones del Estado y, en particular, sobre los mecanismos de justicia, ha emprendido una ofensiva para arrebatar a los garífunas sus territorios con fines estrictamente lucrativos.
Se pretende condenar al pueblo garífuna a la servidumbre, reducirlo a espectáculo folclórico para consumo turístico o someterlo a procesos de criminalización, acusándolo de invasor en la tierra que le pertenece por historia, por derecho y por vida. Las señales de esta avanzada son claras y dolorosas.
Ahí están las acciones de control territorial en la zona de Trujillo por parte de empresarios canadienses vinculados a negocios oscuros y presuntamente delictivos; la imposición de Próspera en territorios garífunas de Islas de la Bahía; el asesinato de garífunas en julio de 2020 en Triunfo de la Cruz; y la criminalización de dirigentes que defienden el territorio de San Juan, en las cercanías de Tela, usurpado ilegalmente por intereses ligados a la familia Rosenthal.
Todos estos hechos revelan una misma lógica: poderosos grupos empresariales han decidido convertir el Caribe hondureño en una gran mercancía turística, y ven en el pueblo garífuna un obstáculo que debe ser desplazado. Pero lo que está en juego no es solamente el destino de un pueblo: es el alma misma de Honduras. La lucha del pueblo garífuna es también la lucha del pueblo hondureño.
A ella se debían sumar todos los sectores sociales que padecen la exclusión, la pobreza y el abandono impuestos por los grupos de poder. Porque si el pueblo garífuna pierde sus territorios, su cultura y su derecho a existir en plenitud, pierde también Honduras una parte esencial de su verdad y de su esperanza. Y si el pueblo garífuna logra que se respeten sus derechos, entonces será todo el pueblo hondureño el que habrá conquistado una victoria en su camino por la tierra, el trabajo, la salud, la educación y los derechos humanos.
Defender al pueblo garífuna no es un gesto de solidaridad distante: es un acto de justicia, de memoria y de futuro. En su lucha resuena una verdad que Honduras no puede seguir ignorando: cuando se atropella a uno de sus pueblos originarios y afrodescendientes, se hiere a toda la nación; pero cuando ese pueblo resiste y vence, se abre también una esperanza para todos. Por eso, en esta hora decisiva, todos los sectores sociales estamos llamados a reconocernos en su causa. En la lucha del pueblo garífuna, todos somos pueblo garífuna.

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