Entre tantas tinieblas, Dios nos sigue recordando con las palabras de sus profetas de antes y de hoy que el futuro será de paz, que las armas se convertirán en arados, y que en el monte santo nadie se adiestrará para la guerra.

Nuestra fe se sostiene en el Dios de la Vida que nos convoca a caminar a la luz de la verdad y de la justicia. Y de manera muy hermosa nos dice que el futuro será de un beso eterno entre la paz y la justicia, y que no será la apariencia lo que defina las relaciones humanas, sino que todo mundo será juzgado conforme a la justicia y la lealtad. Así es el sueño de Dios. Y así hemos de soñar quienes nos alimentamos en la fe cristiana.

Entre las tinieblas, saltan las luces como las de aquella luz que iluminó en Belén, y que brotó de un pesebre. Son luces y voces que irrumpen desde la periferia, desde la gente insignificante. Desde las víctimas de las tormentas naturales y más de las tormentas políticas. Son voces hechas clamor de las madres y familiares de la gente asesinada, de miles de niños que hoy son niños Dios perseguidos y asesinados en el Belén de la Palestina de hoy, que sufre geneocidio en Gaza. Es la voz de la gente perseguida, la que se ve obligada a desplazarse para huir de una muerte ingrata por las amenazas de criminales. Sus voces se elevan en nombre de la sangre de sus familiares.

Son voces de mujeres que claman desde su dolor, y actualizan lo que ha sido la historia de salvación. Lo que ha traído salvación siempre ha brotado de las orillas del imperio, desde las voces que emergen de la oscuridad, y desde el dolor. La salvación siempre nace desde las víctimas de este mundo. Las voces de las madres y familiares nos traen de un solo golpe el misterio de nuestra encarnación, el cual nos dice que Dios se hace presente en la humanidad desde los débiles, se encarna en el mundo desde la periferia, y viene como buena noticia para quienes viven en la oscuridad.

La Navidad se actualiza en las luces que surgen en las cuevas actuales, en nuestros barrios y colonias marginales de la capital, de la Rivera Hernández y la López, de la Jerusalén y de muchos otros sectores urbanos marginales de San Pedro Sula; de las zonas marginales a la orilla del río Cangrejal de La Ceiba o en las colonias del cerrito en El Progreso. Son las luces que iluminan desde los albergues de centenares de familias damnificadas, y desde las colonias y barrios que quedaron envueltos en lodo tras las inundaciones. En estos lugares es en donde hoy se actualiza el pesebre de Jesús, la posada de Belén, donde hoy se historiza el Adviento y en donde se renueva la Navidad.

Toda la misericordia de nuestra misión hemos de ponerla al servicio de quienes solo tormentos han recibido, y toda la lucha porque se rompa la impunidad hemos de impulsarla para que brille la dignidad aplastada. Como Iglesia nos toca decirles a tantas madres y familiares de quienes han quedado tirados en los solares baldíos y en las cañeras lo mismo que el profeta Isaías le dijo a su pueblo cuando estaba en pleno exilio, y citamos textualmente: “Yo le devolveré la salud, lo alentaré y lo ayudaré a recuperarse. Y a los que lloraban haré que les brote la risa de sus labios: ¡Paz, paz al que está lejos y al que está cerca!, dice Yahvé. Sí, yo te voy a sanar” (Isaías 57, 18-19).

Como Iglesia nos toca hacer nuestra, y en nuestros días, las palabras de nuestro Monseñor Romero, santo entre todos los santos, quien en los momentos más cruentos de la persecución y la represión de su pueblo se acercó a consolar a las víctimas y a denunciar a quienes tenían las más altas cuotas de responsabilidades en los desastres humanos, sociales y políticos. 

El sufrimiento de Dios es el sufrimiento de la población desempleada y damnificada, y de los enfermos que no tienen atención de salud porque los funcionarios se robaron los recursos para hospitales y equipos médicos. No perdamos el tiempo buscando a Dios en otros lugares por muy sagrados que aparezcan. El pesebre lo encontraremos entre las miles de familias que lloran a sus seres queridos que murieron por falta de atención médica, y lo encontraremos en la población migrante, perseguida por defender sus bienes comunes. Porque hoy, en este diciembre de 2024, un pesebre ilumina con el dolor y el llanto a la sociedad hondureña: es el pesebre en el humilde hogar de Thelma, Claudia y Julita, con la presencia en llanto de la ausencia de Juan López, esposo y padre, el discípulo amado. Un pesebre que nos ha de ir guianeo el camino en estos tiempo crudos, como la estrella de Belén.

Desde estos lugares atiborrados de sospechas, desde las voces y lágrimas que se escuchan como el llanto de Raquel en los barrios y colonias marginalizadas de nuestros centros urbanos, nuestro Dios de Vida ha de proclamar a través de las voces actualizadas de nuestros profetas, aquellas palabras que un día pronunció Isaías con tanta fe y compromiso, y que hoy, en estos ambientes de las navidades hondureñas, las hacemos nuestras diciendo:“Los de mi pueblo tendrán vida tan larga como la de los árboles y mis elegidos vivirán de lo que hayan cultivado con sus manos. No trabajarán inútilmente ni tendrán hijos destinados a la matanza…” (Isaías 65, 22- 23ª).